Opinión
El honor de tomar Cuba
Después de tantos episodios vividos, de tantos discursos homéricos, de tanta propaganda, la isla acabará muriendo de inanición, ofrecida a la voracidad estadounidense

Personas pedaleando una noche de apagón en Cuba. / EP
En una de las memorables escenas de El Padrino II (¡hay tantas!), vemos la celebración del fin de año de 1959. En el palacio presidencial de La Habana, como si no pasara nada, los mandatarios, la alta burguesía de la isla y los inversores americanos (es decir, la mafia) bailan, brindan y se abrazan. Entre otros, se abrazan Michael Corleone y su hermano Fredo, a quien Michael hace saber que sabe que es él quien le ha traicionado ante Hyman Roth, quien ejerce de capo supremo de Cuba. Poco después, aparece Fulgencio Batista y, en castellano en la versión original, anuncia que «debido a reveses de nuestras tropas en Guantánamo y Santiago, mi permanencia en Cuba es insostenible». Las siguientes imágenes son de la huida caótica de los cubanos adictos al régimen y de los extranjeros que hacían negocios en la isla y, cómo no, de la llegada eufórica de los barbudos que bajan de Sierra Maestra. Poco antes, en otra escena memorable, Hyman Roth, el día de su cumpleaños, en la terraza del Hotel Capri, reparte los intereses mafiosos entre las familias que asisten a la cumbre para decidir un futuro que ya no será como ellos pensaban.
Todo esto, más o menos ficcionado, ocurrió hace 67 años, que se dice pronto. Desde entonces, Cuba ha sido un forúnculo en el culo de Estados Unidos. Una Cuba que ya atesoraba una larga tradición de dignidad nacional desde la revuelta impulsada por José Martí y que en 1898, con la inestimable ayuda norteamericana, cabe decirlo, proclamó la independencia de España, que no fue efectiva del todo hasta unos años después, bajo la tutela yanqui.
Es decir, Cuba, con altibajos, siempre ha vivido a la sombra del vecino y, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se fue convirtiendo en este «paisaje bonito», como ha dicho Trump, el lugar ideal, por la bondad del clima y la belleza natural, para hacer negocios, hasta que llegó el Comandante y «mandó a parar», como cantaba Carlos Puebla, para evitar «la costumbre del delito, hacer de Cuba un garito».
Luego vino todo lo que ya sabemos. La dependencia de la Unión Soviética, el intento de invasión de Bahía de Cochinos y Playa Girón, la crisis de los misiles, la voluntad persistente de acabar con la vida de Fidel, las feroces presiones de los lobis de Miami, el bloqueo, el «periodo especial», la represión dictatorial del Partido Comunista, la crisis de los balseros y, ahora, la pobreza desatada.
La «nación fracasada», que ha dicho Trump, «que no tiene nada, ni dinero ni petróleo». Solo la bondad del clima y el paisaje tan bonito de ver. Después de tantos episodios vividos, de tantos discursos homéricos, de tanta propaganda, Cuba acabará muriendo de inanición, ofrecida a la voracidad estadounidense, que ha intentado recuperar la isla de mil maneras y que se la zampará como un Polifemo hambriento. «El honor de tomar Cuba», afirma Trump, porque «ahora mismo podría hacer lo que quisiera». «Taking Cuba», dice, con ese aire de matón insultante, el aire del que bombardea islas por diversión. Hyman Roth, si estuviera vivo, le invitaría a un mojito en la terraza del Capri.
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