Opinión
Los estorninos

Los estorninos / EFE
Una tarde de este invierno, estaba fuera de la ciudad observando el paisaje del campo de Mallorca, me daba cuenta de que el invierno llega a su fin y de que dará paso a una primavera exultante por la abundancia de lluvias que hemos tenido. En el cielo volaba una multitud de estorninos que se reunían para ofrecer su danza diaria a los amantes de la naturaleza. Desde siempre me han atraído esas criaturas que se atreven a sobrevolar, en otoño, toda Europa, para llegar hasta Mallorca. Vienen desde países lejanos, comen insectos, arañas, aceitunas, anidan en los árboles, se unen en parejas, bien avenidas y, duraderas, entre ambos construyen un nido, el macho lo forma, la hembra pone sus huevos fecundados y en marzo, final del invierno mallorquín, regresan con sus polluelos a Polonia, Suiza, Alemania… de donde salieron por causa del frío. Mientras están entre nosotros, ofrecen cada atardecer, a la puesta del sol, un espectáculo impresionante, una fiesta, en la que grandes masas de estorninos, cientos de ellos, forman un regocijo, una nube que se estira y se repliega, y que grafían, sincronizadamente, en el cielo figuras sorprendentes, para luego, al acabar, irse hacia los árboles a reposar.
Nos brindan, cada tarde, un espectáculo sorprendente, desafiando la lógica de la gravedad, formando figuras cambiantes, como si se trasmutasen en una bailarina de ballet, que respira, que se contrae y se expande ante nosotros como si se tratase de un baile en total armonía. Desde la limitación humana pensamos que su danza debería de terminar en una colisión, en un auténtico caos, - no olvidemos que en física el caos siempre tiende al orden-. Se arremolinan, se estiran, retuercen, cambian de dirección en segundos, sin embrago, aunque a pesar del aparente desorden, la realidad es que debe de haber una extraordinaria coordinación. Seguramente se observan unos a otros para que funcione el procedimiento colectivo, se desplazan con gran precisión, con una exactitud geométrica. Es un bello espectáculo, efímero, cada figura que crean dura un solo instante, ahora una nube, luego una ola, en un momento un remolino, es el arte de la transformación, como si fuera una sinfonía inacabada y sin director. Imaginamos que nadie dirige esos movimientos, sin embargo, el conjunto cambia de dirección al unísono, luego debe de ser por la propia inteligencia de la naturaleza. Es como si «muchas pequeñas voluntades se unieran para formar una sola», como decía John Burroughs naturalista norteamericano autor de varios libros sobre los pájaros, Birds and Poets (Pájaros y poetas). Estas evoluciones conjuntas deben de tener, además, un efecto práctico, les permite protegerse de otras aves rapaces, al estar en sus bailes están también formando una gran aglomeración que impide a otras aves, cazadoras, se fijen en uno solo de ellos en un solo estornino, una sola presa. Estrategia de supervivencia, se manifiesta, nuevamente la inteligencia de la naturaleza.
Al deshacerse la fiesta, al acabar la evolución y quedar el cielo vacío nos quedamos nosotros asombrados y en silencio. Edward Ted Hugues, escritor británico muy laureado (1990), que dedicó muchos de sus poemas a los animales decía que «las aves escriben en el aire con un lenguaje que solo el viento parece comprender» y Miguel Delibes, autor de obras tan importantes como el El Camino o Los Santos Inocentes, apasionado de la naturaleza, cuando contemplaba los movimientos de las aves en el viento decía que «los pájaros escriben en el cielo con signos que contienen mensajes que nosotros no llegamos a descifrar».
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