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Opinión | Pensamientos

El parador del tiempo

Lo que durante décadas tenía una finalidad administrativa y defensiva es ahora un alojamiento de lujo, con idílicas vistas y todas las comodidades

Vista aérea del parador ubicado en Dalt Vila.

Vista aérea del parador ubicado en Dalt Vila. / EP

En Ibiza acaban de inaugurar un magnífico parador en lo más alto de Dalt Vila. Es un ejemplo de las vueltas que da la historia y de que somos producto de multitud de civilizaciones.

Siempre me han interesado los distintos usos que se dan a edificios y lugares. Lo que durante décadas tenía unas finalidades militares, administrativas, defensivas y represivas; aquello que fue símbolo del poder, de los que mandaban en la diminuta isla, es ahora un alojamiento de lujo, con idílicas vistas y todas las comodidades.

Es un recinto que aglutina más de dos mil años de historia: se dice pronto. Conserva vestigios de culturas fenicias, romanas, vándalas, bizantinas, medievales, renacentistas y modernas. Da vértigo.

Quienes se sienten puros, están muy seguros de su identidad, miran mal a los recién llegados de otros países y razas, deberían acordarse de sus ancestros. Vivimos en unas pequeñas islas del Mediterráneo, un mar muy codiciado y disputado a lo largo del tiempo.

Aquí siempre ha habido trifulcas. En las diferentes etapas históricas, pueblos y razas enemigas han protagonizado cruentas guerras para apoderarse de estas tierras. Unos vencían, otros perdían. Los ganadores se asentaban aquí y construían sus templos, palacios, iglesias, castillos, almudainas, mezquitas y hogares. Vivían unos años en paz, como si aquello fuera para siempre, hasta que aparecían otros rivales y los desalojaban a la fuerza.

Hoy asistimos a las mismas fracturas, a idénticas conquistas y conflictos entre países. Los contendientes no se llaman civilizaciones, se apellidan potencias grandes, medianas o pequeñas. Sí que es cierto que las invasiones y luchas se envuelven en celofanes de religión o defensa de la democracia, pero la codicia para apoderarse del petróleo, metales raros, tierras cultivables y controlar el comercio está siempre detrás de las agresiones.

Volviendo a Ibiza. El antiguo alcázar musulmán fue hasta 1973 sede del gobernador y de la zona militar. Era un recinto castrense, similar a su homólogo de Palma. En 1975 pasó a albergar el Instituto de Formación Profesional Isidor Macabich. Pocos años después se cerró y permaneció casi en ruinas durante décadas.

Durante la Guerra Civil, el conjunto fue escenario de fusilamientos y vejaciones a los prisioneros del bando republicano. Anteriormente también hubo allí otros episodios violentos y batallas salvajes.

Los soldados que cumplieron el servicio militar en ese Gobierno, que pasaron frío y calor en las interminables guardias nocturnas, que se emborracharon con calimocho en la cantina, nunca pensaron que aquel lugar iba a albergar a sonrientes estudiantes con las melenas y pantalones acampanados de los 70.

Los alumnos que, sin muchas ganas, buscaban labrarse la vida en aquel instituto tampoco pudieron imaginarse que sus clases iban a convertirse en suites de ensueño para pudientes turistas.

Los cautivos de izquierdas que, hambrientos y angustiados, esperaron, madrugada tras madrugada, el «paseo» final por las tropas franquistas, nunca pudieron vislumbrar, en 1936, que allí iba a montarse un templo de la gastronomía y un museo de arte.

Ahora tenemos un parador, ¿cuál será el futuro destino de este pedagógico enclave, del Mediterráneo, y de nuestra vapuleada civilización occidental?

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