Opinión | Tribuna
Desmontando la confusión deliberada: Semitas, judíos, israelíes y sionistas no son lo mismo

Desmontando la confusión deliberada: Semitas, judíos, israelíes y sionistas no son lo mismo
En el debate público se confunden constantemente cuatro conceptos que pertenecen a planos completamente distintos. Esta mezcla no es trivial; cuando lengua, religión, nacionalidad e ideología se funden en una misma palabra, el análisis se vuelve imposible y cualquier crítica política puede presentarse como racismo o odio religioso. Para comprender el conflicto y el debate internacional es imprescindible separar con precisión semita, judío, israelí y sionista.
Semita es, ante todo, un concepto lingüístico y cultural. Se refiere a los pueblos que hablan lenguas semíticas, una familia lingüística originada en el Próximo Oriente que incluye el hebreo, el árabe, el arameo, el acadio, el fenicio o el amhárico etíope. El término fue formulado por la lingüística comparada europea del siglo XIX para clasificar estas lenguas. Por tanto, «semita» no designa una religión ni una nacionalidad. Decir que alguien es semita significa únicamente que pertenece a un grupo humano vinculado históricamente a esas lenguas.
El término designa a los pueblos que hablan lenguas semíticas, una familia lingüística originada en el Próximo Oriente.
De hecho, en términos demográficos, la gran mayoría de los semitas actuales son árabes.
Judío, en cambio, describe una identidad religiosa y cultural. Un judío es alguien que practica el judaísmo, pertenece al pueblo judío por ascendencia —tradicionalmente por línea materna— o se ha convertido a esa religión. El judaísmo es a la vez una religión, una tradición cultural y una identidad histórica que se remonta a la antigua Israel y Judá. Tras la destrucción de Jerusalén por el Imperio romano en el año 70 d. C., gran parte del pueblo judío vivió durante siglos en diáspora, lo que explica que existan comunidades judías en prácticamente todo el mundo: judíos europeos, norteamericanos, árabes, etíopes o latinoamericanos. Ser judío, por tanto, no implica pertenecer a un Estado concreto.
Israelí es una categoría completamente diferente: se trata de una nacionalidad moderna. Israelí es simplemente quien posee la ciudadanía del Estado de Israel, fundado en 1948. Dentro de ese Estado conviven diversos grupos religiosos y culturales. La mayoría de la población es judía, pero también hay ciudadanos árabes musulmanes, árabes cristianos, drusos y otras minorías. Por ello, un judío que vive en Francia o Estados Unidos no es israelí, mientras que un árabe musulmán con pasaporte de Israel sí lo es. Israelí es, por tanto, un término político y jurídico ligado a un Estado contemporáneo.
Sionista, por último, describe una ideología política. El sionismo surgió en Europa a finales del siglo XIX como un movimiento nacionalista que defendía la creación de un Estado judío en Palestina, entonces parte del Imperio otomano. Uno de sus principales impulsores fue Theodor Herzl, que formuló el proyecto político moderno del sionismo en el contexto del nacionalismo europeo y fue financiado por la familia Rothschild . Ese proyecto culminó con la creación del Estado de Israel en 1948. Hoy el término puede referirse tanto al apoyo histórico a la creación de Israel como a la defensa contemporánea de la ampliación de ese proyecto político a través del genocidio.
Es importante subrayar que no todos los judíos son sionistas y que, a la inversa, también existen sionistas no judíos.
Todo mi respeto hacia los pueblos semitas y hacia el pueblo judío, con su historia, su cultura y su legado. Pero también mi rechazo firme a las políticas del Estado de Israel cuando implican la ocupación y la violencia contra el pueblo palestino, y a las ideologías sionistas que derivan en posturas racistas o supremacistas.
Conviene distinguir con precisión los planos. Los pueblos semitas y las comunidades judías forman parte de una tradición cultural e histórica milenaria que merece respeto. Otra cosa distinta son los Estados y las ideologías políticas. El Estado de Israel, como cualquier otro, debe ser juzgado por sus decisiones y por el impacto de sus políticas sobre la población civil. Del mismo modo, el sionismo —como proyecto político— puede y debe ser objeto de debate y crítica dentro del marco del derecho internacional y de los principios universales de derechos humanos.
Criticar políticas estatales o ideologías no equivale a atacar identidades religiosas o culturales. Separar estos niveles es imprescindible para sostener un debate honesto y para defender, sin ambigüedades, la dignidad y los derechos de todos los pueblos de la región.
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