Opinión
En tiempos de crisis

El presidente del Parlament, Josep Rull. / Zowy Voeten
En tiempo de palabras grandilocuentes: solidaridad, resiliencia, empatía y lo que a ustedes más les guste, resulta encantadora la llegada de una potente crisis y observar cómo tanta palabrería se va por el desagüe en cuestión de minutos. La subida de precios desde meses atrás ha sido espectacular y nunca se había dedicado tanto tiempo en los informativos a la cesta de la compra. Ahora llegan Irán, El Golfo y el otro y los carburantes venga a subir como un cohete. Uno se pregunta: con tanto boicot, bombardeo y cierre de Ormuz, ¿será que hay filtros y llegan los combustibles de Oriente ya con los precios actualizados? Pues no: los que ahora han subido los teníamos en los almacenes de Occidente sea lo que sea eso: Occidente y sus almacenes. Pero es el momento de volver a enriquecernos. A lo que ya teníamos le vamos a sacar más rédito: deprisa y mejor ganancia. Sin que se haya movido del sitio. Simplemente aprovechando la coyuntura, que el mundo es cómo funciona. Calladitos mientras poseamos acciones y obligaciones en gasolineras y otras refinerías, y criticones si no tenemos más obligación que llenar el depósito, ni más acción que descolgar la manguera del surtidor.
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Seguimos con las palabras grandilocuentes y nada como el arte para reunirlas en su entorno. Me cuentan que una artista expone una obra en la Tate Modern y todos la felicitan por Facebook, que es el medio donde ha aparecido su obra en la Sala de las turbinas. Pero todo es un montaje de internet. Ni hay escultura suya en la Tate Modern, ni siquiera la gracia de aquellos inventos literarios –Jusep Torres Campalans de Max Aub, por ejemplo– que abundaron en el siglo XX. Qué más da a estas alturas en el reino de la impostura.
De otro artista muy pinturero, un académico relaciona su obra pictórica con Ser y tiempo, de Heidegger, con El ser y la nada, de Sartre, con la poesía de Gamoneda y con el Sursum corda. Debería existir una antología del disparate con todo aquello que hemos escrito o escribimos sobre arte contemporáneo. Sería insuperable y no bastarían tomos para abarcar tanta tontería. Y como penitencia, a cada uno de nosotros nos harían leer, avergonzados, lo que hemos llegado a escribir para enriquecer lo paupérrimo y dar significado a lo que no lo tiene.
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La semana pasada, en el Parlament de Catalunya, sucedió un desastre de magnitud incalculable: se fundió una bombilla con tal estrépito –un ruidito de nada: pfff– y los diminutos cristales cayeron sobre la tarima, si es tarima lo que hay en el suelo del Parlament. Inmediatamente el presidente de la institución –el inefable Josep Rull, preocupadísimo– dio la voz de alarma y pidió a los diputados que salieran del hemiciclo sosegadamente porque podía haber heridos. Y allí no estaban ni Tejero ni Espartero. El diputado que parlamentaba en aquel momento mostró su desacuerdo: ‘Quins ferits? On ha caigut la bombeta?’ y mientras hacía muecas escépticas, la escena iba pareciéndose a un chiste de Eugenio. El ponente quería continuar y se resistía a salir –‘em pot di on està el perill?–’ agarrándose al atril, y el president ponía solemne cara de gravedad, como si reviviera el episodio de la bomba del Liceu e insistía ‘que tots abandonin amb calma l’hemicicle’. Los diputados se miraban incrédulos: ‘On són els vidres? Quina bombeta?’ Sólo faltaba el profesor Tornasol. Pero la sesión del Parlament de Catalunya se suspendió. El asunto era grave: había reventado una bombillita de una de las lámparas. Ni Carl Schmitt.
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Y la ficción que no falte, que también trata de palabras, como las del Parlament. La ministra de trabajo dijo que se iba, que ya no encabezará las listas de su partido, cuando lo cierto es que la echan los suyos, que no la invitan ni a un café y la tienen aparcada en el Consejo de ministros para que se pelee con Garamendi a la salida, menudo otro. Es lo posmoderno de la política: usted cree que ve las cosas como son; pues no: usted es víctima de un espejismo: las cosas son como se las decimos nosotros, no como las ve. ‘A mí no me echan, sino que he decidido irme para facilitar las cosas en mi coalición: los nombres no importan’. Ja, ja, ja. Y luego la cantinela de siempre: ‘ahora podré dedicarme a los míos, a la lectura y al encaje de bolillos, que es mi verdadera ilusión en la vida, no los presupuestos generales del Estado’. Y uno se pregunta por qué estaban donde han estado hasta ahora y no quieren irse nunca.
La política es, entre otras cosas, la tensión del utilitarismo: mientras sirvas, te sirvas de ella, o se puedan servir de ti, vale; cuando decaes, se te ve el plumero o ya no sirves, a casa. (Salvo si te llamas Javier Arenas, claro).
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Postdata: a partir del mes de junio leo en DdM que podremos ver la carta náutica del siglo XV que el Consell adquirió el pasado año, expuesta en el Museu de Mallorca. Bien. Aprovechando la noticia conviene recordar que en el Museu March de la Fundación Bartolomé March Servera –que este mes de marzo celebra su 50 aniversario– se exponen desde hace años siete magníficas cartas náuticas del siglo XV al XVII. Allí están para quien desee disfrutarlas, trazadas por Joan Oliva, Jaume Olives, Giovani Batista Cavallini y Miquel y Joan Prunés. Un verdadero lujo en cartografía mediterránea.
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