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Opinión

Trump condena y perdona con facilidad

El insulto de la actual Casa Blanca es la mayor fórmula de reconocimiento de la diplomacia actual, dentro del ciclo frenético de odios y simpatías del presidente americano

Juan Carlos I debió dedicarle su volumen burlesco Reconciliación a palos a Donald Trump. Nadie iguala al presidente estadounidense a la hora de condenar y perdonar con idéntica soltura. De hecho, los parabienes exigen un desdén previo, dentro del cara a cara ininterrumpido del magnate con toda la humanidad. Nadie ha compadecido a Pedro Sánchez por la pérdida de fe de Washington en su persona. Al contrario, la arremetida ha sido el mayor éxito del depauperado líder socialista en toda la legislatura.

Trump nombra a un alto cargo, y en la ceremonia de toma de posesión le advierte de que lo echará a patadas si no cumple con su asignación a rajatabla. El momento más glorioso del nominado se convierte en un ascenso al patíbulo. De ahí la limitada esperanza de vida en el entorno del emperador. Un insulto de la actual Casa Blanca es la mayor fórmula de reconocimiento diplomático, dentro del ciclo frenético de odios y simpatías cabalgado por el presidente americano.

La sarta de insultos públicos y publicados que un despechado Elon Musk le brinda a Trump se resume en una palabra: «pederasta». La enemistad apuntaba a definitiva, pero el presidente de USA nunca rompe los puentes. A continuación, y sin mediar una petición explícita de perdón, el hombre de los 800 mil millones de euros desempolva el smoking como invitado de gala a la cena en la Casa Blanca con el descuartizador Mohamed bin Salman. Y por si fuera poco, el acusado de la mayor infamia replica que «Elon es un tipo sobresaliente, que acierta en el 95 por ciento de las ocasiones». Cabría hablar de un admisión de culpa, en la resaca del Jeffrey Epstein, a quien se culpa incluso de la guerra de Irán.

En la semana de la publicación de la lista Forbes global correspondiente a 2026, una parte de los milmillonarios preferirían no aparecer o ver piadosamente encogida su fortuna. Solo Trump se querella contra los baremos que le asignan un patrimonio por debajo de sus anhelos. Siente celos de los auténticos billonarios, y de ahí la relación cambiante con Jeff Bezos. En su primer mandato se burló del periódico que había comprado el magnate, «The Fake News Washington Post», extendiendo los juegos de palabras lacerantes a Amazon. De nuevo, han fumado la pipa de la paz aunque, en esta ocasión, fue el antiguo vendedor de libros quien se arrodilló ante la Casa Blanca, desde que canceló el apoyo electoral explícito a Kamala Harris.

Por extraño que parezca hoy, Hillary Clinton fue invitada junto a su marido a la boda de Donald y Melania Trump en 2005. Diez años después de haberle pedido incluso consejo político, los mitines del actual presidente se mecían con los coros constantes de «enciérrala», un compromiso que aceptó. Sin embargo, se negó a perseguir y menos aún a meter en la cárcel a su rival demócrata de 2016 porque, en aquellos tiempos, todavía respetaba la lealtad institucional. Incluso se apiadó de la antigua Secretaria de Estado, cuando fue obligada a declarar en el Congreso por culpa de las relaciones de Bill Clinton con el vivísimo Epstein.

Trump destrozó incluso con ayuda de la mímica a Emmanuel Macron, despachándolo como un corderito sometido voluntariamente a sus agresiones. Sin embargo, le infligió la mayor humillación por la vía gastronómica, cuando se negó a que la cena de las dos parejas presidenciales en la torre Eiffel durara más de una hora. Peor todavía, regó los manjares divinos con su inseparable Coca-Cola Light. Le encanta maltratar y acariciar sucesivamente al Júpiter francés, al que considera en la intimidad un personaje inconsistente.

El premio y el castigo se suceden asimismo a velocidad de vértigo en los dos restantes miembros del triunvirato imperfecto de la Casa Blanca. Nadie insultó tanto a Trump en las primarias Republicanas de 2016 como Marco Rubio. En aquel momento, hubiera resultado impensable la recuperación del senador por Florida como Secretario de Estado, o que se le concediera un papel preponderante en las crisis de Irán y Venezuela. Esta semana, el castigador y perdonador ha admitido incluso a regañadientes que el «conocimiento del idioma» otorga la maestría suficiente para navegar la crisis cubana al nieto de la isla caribeña.

Ningún cambio de signo anímico iguala al registrado con J.D. Vance. En la génesis política de Trump, el intelectual de ultraderechas hoy converso con todo al catolicismo comparó al sobrevenido con Hitler. Sin matices. Solo la extrema labilidad contemplada por el trumpismo permite elevar a continuación al enemigo radical a vicepresidente con ínfulas sucesorias, aunque este trámite únicamente ha cursado con éxito en tres ocasiones a lo largo de la historia de Estados Unidos.

La reconciliación no equivale a enaltecimiento. Vance y Rubio se tienden como perros falderos silenciosos junto a su amo, durante las interminables ruedas de prensa. Mientras tanto, los ejemplos de las inhabilitaciones y rehabilitaciones se multiplican con Steve Bannon, Marjorie Taylor Greene, la Kristi Noem que sacrificó personalmente a su perro para ofrendárselo al Donald, o John Bolton. Una querella de Trump puede ser el comienzo de una gran amistad.

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