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Opinión | Al azar

La revolución hereditaria de Irán

El presidente de EEUU, Donald Trump

El presidente de EEUU, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Andrew Leyden

Da la impresión de que Trump no sabía dónde se metía, al sacudir el avispero iraní. Por desgracia, no es solo una impresión. A partir del fracaso, la oscilación pendular atribuye virtudes sobrehumanas al Irán de los payasos asesinos con una ensaimada por montera, vulgo ayatolas. No es necesario remitirse al apreciado calificativo en esa teocracia de «juez de la horca», atributo compartido por el Ali Larijani a quien se vende hoy como el Adolfo Suárez persa. Pues bien, la revolución de 1979 vino precedida por las masas que detectaron la silueta de Jomeini en la luna. Creyeron que las facciones del clérigo criminal que engañó a Europa, no es difícil, se reproducían en las manchas del satélite. Y adoraban como aztecas esa proyección estelar digna de las caras de Bélmez, a finales del siglo XX.

El chiste culmina con la elevación del hijo de Jamenei. En las grandes dinastías del poder, como Thatcher, Biden o Trump, los retoños se concentran en robar una fortuna bajo el paraguas de la imagen paterna. Teherán lleva la astracanada un paso más allá y diviniza al inútil Mojtaba Jamenei, testaferro de las inversiones en Occidente, España incluida, del dinero robado a los iraníes que creen que sus líderes se reflejan en la Luna. La recién proclamada revolución hereditaria de Irán contrasta con el objeto inicial de acabar con una dinastía, los Pahlevi traicionados por Estados Unidos. El Jomeini selenita despachaba la sucesión hereditaria en sus desvaríos como «siniestra» y «perversa».

Claro que Jomeini había destinado a uno de sus hijos a sucederle, antes de que el vástago se muriera de un atracón mientras comía a dos manos. Por supuesto, se culpó del empacho a un envenenamiento de la cruel Savak del Sha. Como los Castro, los Kim, los Gadafi o los Sadam, la familia real revolucionaria de Irán también se autoperpetúa. Es una iniciativa condenada al fracaso, porque el único efecto irreversible de la guerra a tontas y locas de Trump consistirá en la transformación de una teocracia ensangrentada en una dictadura militar. Amén.

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