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Opinión | Tribuna

¡Con Trump, ni a tomar cañas!

La conducta del mandatario estadounidense mina el entendimiento humano y pone en crisis la lógica elemental

¡Con Trump, ni a tomar cañas!

¡Con Trump, ni a tomar cañas!

Con quien ha abierto la espita de la demencia y ha proclamado que no existe más ley que su voluntad, yo no iría ni a tomar cañas al bar de la esquina, cuanto menos a empezar una guerra. Pero si estas razones no convencen, considérense las siguientes.

Trump ha dejado a Ucrania en la estacada, y esto es una ruindad. Ha traicionado a sus propios aliados en la OTAN, a quienes considera unos parásitos. Apoya el exterminio de palestinos, jactándose de todas las especulaciones inmobiliarias que florecerán en Gaza. Amenaza con anexionarse Groenlandia. Pretende forzar a Canadá a convertirse en otro estado de la Unión. Ejecuta a los presuntos delincuentes sin más juicio que el suyo. Asalta Venezuela con el único propósito de apropiarse del petróleo. Ha creado una nueva SS para asesinar, acosar y deportar a los extranjeros. Se burló del Consejo de Seguridad de la ONU, donde envió a su mujer a «predicar pacifismo y derechos de la infancia», mientras él bombardeaba una escuela en la que murieron 165 niñas. Se retrató lanzando excrementos desde un avión como un Joker enloquecido. Ha impuesto la ley del silencio en los medios de comunicación de su país. Ha normalizado las extorsiones del crimen organizado. Ha manipulado la economía mundial lanzando anuncios desestabilizadores en X. Y, cuando ha necesitado recargar las pilas de su maltrecha virtuosidad cristiana, se ha rodeado de una congregación evangélica para rezar a su Dios piadoso; él, que nunca ha mostrado piedad por nadie.

A cualquier mente bien formada nada le repugna más que tener que lidiar con contradicciones. Esta es la razón por la que la conducta de Trump mina el entendimiento humano y pone en crisis la lógica elemental. Pues eso es lo que pasa cuando alguien se empeña en convencerte de una cosa y de la contraria al mismo tiempo. Por ejemplo, de que es posible ser virtuoso siendo un demonio, de que puedes reclamar el Premio Nobel de la Paz mientras te dedicas a armar guerras, o de que puedes presumir de ser un presidente ejemplar cuando, en realidad, te comportas como un obstinado alcornoque.

Ahora bien, si ya es peligroso que el enfermo no admita su enfermedad, más grave resulta que no la reconozcan los demás. ¿Cómo es posible que tantas personas, aparentemente racionales, estén dispuestas a postrarse ante sus dictados con sumisión perruna? ¿Acaso Rutte, Feijóo, Abascal y Ayuso no han aprendido aún que las guerras, las de antes y las de ahora, no dejan vencedores ni vencidos, sino solo horror y sufrimiento? ¡No hace falta remontarse a los trágicos griegos para saber cómo acabará esto: las heridas del siglo XX aún siguen abiertas! Así que no, no tiene ninguna gracia tener que ir a remolque de estos desquiciados flautistas de Hamelin: el israelí, que se ha propuesto añadir nuevos capítulos atroces a la Torá, como si esta no contuviese ya bastantes; y el norteamericano, un Calígula empavonado, dispuesto a incendiar el mundo solo para no aburrirse.

Ciega a las contradicciones está Ayuso cuando apoya la intervención militar que destruye escuelas al mismo tiempo que se lamenta de que las mujeres no pueden andar solas por las calles de Teherán a causa de un régimen tiránico. Ciegos están Abascal y Feijoó cuando presumen de su españolismo al mismo tiempo que apoyan al déspota que amenaza a España. Contradictorio es incurrir en las mismas execrables brutalidades que se pretenden combatir. Contradictorio es bombardear a quienes se pretende salvar de una teocracia execrable. Pero, sobre todo, es cruel, de una crueldad sin límites, recompensar con el caos y el sufrimiento indiscriminado a los ciudadanos que, tras años de embargo, se han estado jugando la vida para conseguir un cambio de régimen en Irán.

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