Opinión | Al azar
Frustración y absentismo laboral

El absentismo laboral en España
Se cumplen veinte años del discurso inaugural de Steve Jobs en su alma mater de Stanford. Confesó ante los universitarios que se miraba al espejo cada mañana, para preguntarse, «si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer?» Cuando la respuesta era negativa con demasiada insistencia, se imponía un cambio radical. A priori, el mensaje del creador de Apple sobre una existencia con sentido resuena inapelable. Las generaciones que han aplaudido este lema cubren hoy la mayor parte del mercado laboral, no siempre en los puestos ejecutivos de élite. La exigencia del índice de satisfacción diario, o semanal en el país del «vuelva usted mañana», ilumina el absentismo laboral que se había convertido en la serpiente de invierno. Hasta que llegó la guerra de Irán para poner las prioridades en su sitio.
El capitalismo describe la oleada no siempre demostrada de bajas laborales como algo peor que una revolución abierta, una rebelión encubierta. Sin olvidar que el teletrabajo es un absentismo por definición, de ahí la obsesión por revertirlo de empresas tan poco sospechosas como Google o JP Morgan, las condiciones laborales no son ajenas al fenómeno. Haber extraviado el sentido que exigía Steve Jobs o sentirse un fracasado son frustraciones a aliviar para interceptar el fenómeno.
¿Cuántas personas irían a trabajar, si el día treinta recibieran el mismo sueldo de su empleo insatisfactorio con independencia de su desempeño laboral? Más de los que se cree, pero menos de los que permitirían mantener una economía en condiciones. Cada ser humano no solo lleva hoy en su bolsillo el repertorio de los bienes que debería conseguir, sino el recordatorio de que no los alcanzará jamás. Por tanto, el absentismo no es el rechazo a una empresa concreta, sino la aceptación radical del principio de Steve Jobs. A falta de admirarse de que el mercado laboral haya convertido en aborrecibles tareas fascinantes como la educación o la curación.
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