Opinión | La suerte de besar
A 45 kilómetros de distancia

A 45 kilómetros de distancia / Freepik
He conocido a Sara en Sevilla, una guía turística que explica la ciudad, su historia y sus anécdotas con pasión, conocimiento de causa y mucha gracia. Mi familia y yo pasamos toda una mañana pateando callejuelas y plazas, observando fachadas y profundizando en relatos pasados. Un placer. Aprender es un placer.
Sara nos contó que vivía en la ciudad hasta que esta la expulsó. No encontraba alquileres asumibles y se vio obligada a salir al extrarradio. Veinte kilómetros no fueron suficientes. Todo seguía carísimo. Treinta, tampoco. Acabó en un pueblo de 6.000 habitantes, a 45 kilómetros de su ciudad natal. Sara va y viene cada día. Son 30 minutos de trayecto de ida y otros tantos de vuelta. Aparca en una explanada a las afueras («De momento, gratis. Hasta que el ayuntamiento descubra el negocio») y se sube a un autobús que la deja en el centro media hora más tarde.
En su nuevo pueblo de residencia, las señoras toman el fresco y controlan exhaustivamente su agenda. Ella las llama «las mujeres del Excel», porque revisan quién entra y sale de su casita de piedra de dos plantas y sótano. «Mujer, que ese hombre es demasiado joven», le espetaron hace poco. «No seáis malpensadas. Es mi primo chico», respondió. Y así vive Sara. Como viven otros muchos que no han podido integrarse en el nuevo way of life occidental de hoteles boutique, alquileres vacacionales y maletas con ruedas. Obligados a renunciar a sus barrios y espacios de referencia. Obligados a empezar de cero.
A Sara le gusta su trabajo, pero no sus condiciones y tampoco comulga con la cultura empresarial de la dirección. En España, el 41% de los jóvenes abandona su ocupación antes de cumplir un año en la empresa. Se sienten poco identificados con los valores organizacionales, buscan mayor flexibilidad, mejor salario, deciden invertir más tiempo en viajar y conocer mundo o se replantean sus prioridades vitales. Durante un tiempo, creí que esos jóvenes adolecían de falta de compromiso. Hoy, comprendo que se cuestionen esta forma de funcionar. Porque, si lo piensas bien, ¿qué clase de vida es esa en la que, durante semanas, meses y años, debes invertir tu tiempo en trayectos eternos e incómodos para llegar a un curro mal remunerado y del que solo deseas salir? Hay una inmensa mayoría de trabajadores que no encuentra sentido a lo que hace y que solo aspira a una jubilación anticipada. Son personas afortunadas de tener un sustento y un techo bajo el cual cobijarse, pero que no llegan a fin de mes y tampoco pueden permitirse el lujo de un caprichito. De una escapada a Sevilla con descuento de residente una vez cada dos años, por ejemplo.
El ritmo de vida deja poco tiempo libre para Sara. Ve a sus amigos menos de lo que desea. Está demasiado cansada para leer. Hace deporte pocas horas a la semana. Está con sus padres de uvas a brevas y tiene poco espacio para ella y su bienestar. Es el ejemplo de una gran mayoría.
Estamos en la plaza de Doña Elvira. Sale un rayo de sol. Cerramos los ojos y aprovechamos el momento. Se hace el silencio y, durante unos segundos, le encontramos todo el sentido a esta vida que, a veces, es un poco loca.
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