Opinión | Pensar, compartir...
Cierro mi tienda
Abrí con mi hija menor recién nacida y me voy 46 años más tarde
Llevo casi siete días haciéndome selfis con clientes, abrazando a representantes, recibiendo reprimendas porque a mucha gente no le hace ninguna gracia que me vaya

46 años después.... / A. F. P.
He empezado esta semana una larga despedida de la clientela de mi tienda. He tomado la decisión de sopetón, mi intención era alargar meses o quizás algún año la vida del comercio. Pero de repente, el martes pasado, mientras caminaba hacia casa lo vi claro. Se acabó, me dije. Completo el trimestre fiscal y el 1 de abril entrego las llaves del local. Y así será.
Llevo casi siete días haciéndome selfis con clientes, abrazando a representantes, recibiendo reprimendas porque a mucha gente no le hace ninguna gracia que me vaya. Anotando pedidos de última hora para quienes quieren tener algo de stock de sus productos habituales y recogiendo papeles y recortes de periódico de la trastienda, que se cuentan por centenares.
Cada día cargo con trastos de los que no puedo ni quiero deshacerme: impresora, memorias externas, libretitas, libros, carpetas, la balanza y sus pesas, la vitrina que diseñé y que construyó un carpintero feliz que tenía el taller cerca, los juguetes de hijas y nietos, un secador de pelo... No saben lo que da de sí una trastienda y un sótano.
Lo último que retiraré será el letrero, ya tengo un sitio reservado para él en una pared de casa. No soportaría verlo degenerar o que lo arrancaran sin miramientos.
Abrí con mi hija menor recién nacida y me voy 46 años más tarde. Se dice pronto. He vendido panes integrales a montones, mezclas de hierbas (las del resfriado siempre han triunfado), sémola de verduras, comprimidos de suplementos... He visto crecer a los niños de mis clientas desmesuradamente, como Iván, ahora profesor de Física en Argentina que ha investigado volcanes en la Antártida y que me saca dos cabezas. También me han dolido las pérdidas, como la del señor Andreu, con el que compartía el Diario de Mallorca (un día pagaba él, otro yo) y vivía en las Cent Cases. He tenido tiempo de investigar la historia del barrio de Pere Garau entrevistando a muchas personas que, sentadas en una silla junto a mi ordenador, me permitían tomar notas y me prestaban fotos. Tengo dentro de la caja registradora las llaves de la casa de Diana, que a menudo, al dar el portazo de cierre, se da cuenta de que ha cambiado de bolso y no lleva las suyas. Las de repuesto siempre han estado ahí para ella. He hecho amistades sólidas y he cuidado a criaturas propias y a otras a las que ya considero parte de mi familia, como Amina, que creció entre mis cajas y jugó tanto conmigo. Ahora la criatura, licenciada en Lengua española, escribe la tesis sobre las preposiciones del s. XIII al XVI.
No ha llegado a la edad de comercio emblemático, se ha quedado a tres años y medio del título, pero quizás no haya demasiados que los haya creado, mantenido y cerrado la misma persona. Estoy contenta. No puede tener continuidad porque el local no es mío y los propietarios no saben aún qué quieren hacer con él. Son los nietos de quien me lo alquiló, un superviviente del crucero «Baleares» que siendo un simple joven de Petra se vio envuelto en una guerra que siempre aborreció. Pasó horas en el mar mientras seguían bombardeando los restos ya hundidos y recordaba el chocolate que le ofrecieron en el barco inglés que lo rescató. Le quedaron secuelas en el pulmón y siempre estaba enfermo el día de ese aciago aniversario.
Me recordaba Cati, una de mis clientas más queridas, que a veces llegaba y se encontraba con la puerta cerrada y un letrero que decía «Estoy dando de mamar. Abro enseguida». Y tengo grabado en mi memoria el caso de un hombre con un niño de unos 4 años en brazos al que se veía gravemente enfermo. Extremadamente delgado, piel de un color ceniciento... El hombre solo venía a comprar pan y me atreví a preguntarle qué le pasaba al pequeño. No lo sabían. Tenía diarrea que no se le paraba y no daban con el problema. Le apunté en un papel la palabra «celíaco» y le rogué que comprobara que habían descartado esa posibilidad. Al cabo de muchos meses se acercó a darme las gracias. Solo por eso valía la pena haber abierto. Por entonces aquí no existían productos sin gluten y yo solo tenía un paquete de galletas de importación que costaba un riñón: 250 pesetas.
¡Ay, las pesetas! De eso también he encontrado, entre cajitas y trastos, algún remanente de recuerdo. Cuando apareció el euro lo primero que tuve que hacer fue cambiar la caja registradora. Esa también se quedará conmigo, como testimonio de una vida que va a cambiar.
Voy a continuar con mi activismo ciudadano, como siempre, y ya no tendré excusa para avanzar en mis prácticas de piano. Mi profesora, Catalina Simonet, les hablé de ella hace un tiempo, es cómplice de mi decisión y ya busca partituras para espolearme y hacerme feliz.
Aquí se acaba una etapa larga y fructífera, y empieza otra. Continuará.
Suscríbete para seguir leyendo
- Tomás Ripoll, cardiólogo en Son Llàtzer: «La mayoría de afectados por la enfermedad de Andrade son mallorquines de origen»
- Un miembro del jurado popular abandona el juicio por las malas condiciones de su hotel en Palma
- Calvià compró por 1,2 millones de euros un hostal de Peguera a una sociedad vinculada a un exconcejal del PP
- Nacho Duato: “Que una presidenta tan maravillosa como la de México tenga que soportar las estupideces de Ayuso… ¡me muero de vergüenza!”
- La promotora que construirá 166 alquileres 'asequibles' en Palma los alquila en Madrid por hasta 1.800 euros al mes
- Una noche cuesta hasta 2.500 euros: el nuevo hotel de lujo de Mallorca busca personal
- El Govern confirma que docentes sin el requisito del catalán podrán ser funcionarios de carrera pero sin participar en concursos de traslado
- El problema es que ustedes tienen casa en Mallorca
