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Opinión | Escándalo 'Royal'

Príncipe Andrés, el favorito de mamá Isabel

El expríncipe Andrés de Inglaterra, en una fotografía de archivo

El expríncipe Andrés de Inglaterra, en una fotografía de archivo / EP

Empieza a quedar claro por qué se habla del suicidio asistido de Jeffrey Epstein, una bomba de efecto retardado que liquida a sus víctimas siete años después del fallecimiento del personaje satánico. Andrés de Inglaterra es otro pelele corrupto ante quien la opinión pública rinde armas porque se nutre de cuentos de hadas, lo cual aumenta el valor de una detención inasumible en otras monarquías europeas. El arresto policial sin informar al Rey daña la imagen de la matriarca, porque nunca lograron convencer a mamá Isabel II de que su hijo favorito, al que hubiera encomendado la sucesión en que ha ocupado los puestos desde el dos natal al ocho actual, había sido comprado a buen precio por un judío norteamericano.

Epstein es un terrorista suicida, su inmolación ha resultado más dañina para los Windsor que la muerte también debatida de Lady Di. Ante los hechos consumados, Carlos III ha sido tan duro como Felipe VI con su padre y hermana. El comunicado del rey inglés evita la palabra 'hermano' para referirse a quien solo llama "Andrew Mountbatten-Windsor".

Tanto el príncipe Andrés como Sarah Ferguson necesitaban a Epstein para dar rienda suelta a sus instintos, ni siquiera son capaces de gestionar sus perversiones por sí mismos. A diferencia de España, donde siempre les quedará el Supremo que solo condena a instituciones progresistas, ni Dios salva a los ‘royals’ británicos, porque la ley debe continuar en palabras de Carlos III. La supervivencia de la monarquía exige sacrificios humanos, y Andrés de Inglaterra puede entrar en la historia por la puerta de la cárcel. A partir de ahora, cuando se predica el comportamiento ejemplar de una familia real, la réplica correcta debe ser "más les vale". En cuanto a la supervivencia genérica de las testas coronadas, solo cabe apuntarse a la sentencia de ‘The Economist’. La revista ultraliberal sostiene que "el único argumento a favor de mantener la monarquía es el gasto que supondría desmantelarla".

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