Opinión
Balears, ¿destino en decadencia?

Un camarero atendiendo a sus clientes
Hace muy pocos días, me encontré con un viejo conocido. Experto en Recursos Humanos, estaba preocupado: por vez primera en mucho tiempo, se veía incapaz de llevar a cabo la entera contratación del cuadro de directivos de temporada de una conocida cadena hotelera mallorquina. Histórica cliente de su despacho. No estamos hablando de buscar acomodo laboral a todo el cupo de cocineros, maîtres, camareras de pisos, vigilantes, esto es decenas de miles de personas. Tan sólo el staf directivo. Según me decía, en años anteriores las vacantes en Alta y Media Dirección estaban cubiertas con cierta solvencia. Pero desde el 2025 y, sobre todo, 2026, las tornas eran - y son - muy diferentes. Se lamentaba amargamente:
Y con un sueldo notablemente superior, gracias al convenio firmado el año pasado. Más los incentivos que, por su cuenta, las empresas suelen dar a este colectivo de trabajadores cualificados. Desde casa a coche de empresa, en algún que otro caso. Pero igualmente, determinados perfiles se resisten a trabajar en Mallorca - sus quejas sonaban sinceras y nada hipócritas. Pero no entraban en el fondo de la cuestión.
Para tal dimisión, hay diversos motivos. El primero, y más acuciante, lo marca el DNI: tal como indican las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística, en menos de veinte años se jubilará cerca del treinta por ciento de la masa laboral española. Y, en los próximos diez, el ochenta por ciento de los puestos de trabajo que se cubran serán de reemplazo por retiro. Un dato: de los doscientos cuatro mil funcionarios de la Administración General del Estado, se jubilarán cien mil los próximos diez años, según el Servicio Público de Empleo Estatal, SEPE. El anunciado fin laboral de los «baby boomers». Es por ello que no son pocos los empresarios —y gestores públicos— que empiezan a invertir en IA, domótica y, directamente, robótica. Máxime cuando ya se sabe que el fenómeno ya ha empezado: quien más, quien menos, conoce a alguien de su generación cobrando el retiro. Desde profesores de instituto a barrenderos. También trabajadores del turismo.
En segundo lugar, la carestía de la vida. Hasta no hace tanto, estas islas se llenaban de nuevos vecinos durante el semestre que va de marzo a octubre. Eran los llamados temporeros. Trabajadores de la agricultura, turismo, hostelería e incluso construcción. Alquilaban un apartamento entre tres o cuatro, ganaban un buen sueldo a base de horas extras y tenían para vivir durante el invierno en su tierra. Hoy en día, y debido a diversos factores - aparición del alquiler vacacional, presión demográfica foránea - , los caseros ya no rentan a un precio asequible. Por ello, la antigua masa laboral peninsular ha ido desapareciendo progresivamente de Balears. Lo mismo pasa en las Islas Canarias, las islas italianas y la fuerza de trabajo proveniente de la bota itálica, y con las islas del mar Egeo con los griegos continentales. Lo más grave es que, cuando se optó por el «modelo Montecarlo» para Balears, nadie pensó que, mientras el principado de los Grimaldi tiene terreno suficiente como para alojar a su masa trabajadora, lo que más se necesita en esta Comunidad es suelo. A nadie se le ocurrió que somos un territorio limitado por el mar.
En tercera posición se sitúa, comparada con otros destinos, una cierta incomodidad para vivir. Así es: nos hemos masificado hasta tal punto que los trabajadores de alto nivel se lo piensan dos veces. Incluso aquellos que pueden pagar los mil euros al mes que cuesta un colegio de élite, pueden desengañarse rápido. Entre acompañar y buscar al niño, pierden dos horas: el tráfico de las ocho y media y de las cuatro o cinco suele ser letal. Mejor pedir la dirección de un hotel situado en el norte de España. E, incluso, Dominicana: menos glamour, quizás mayor incomodidad. Pero el sueldo rendirá mucho más. Es una simple lección de economía doméstica.
La cuarta razón - ya muy evidente a día de hoy - es el clima. Una prueba de ello es que, a efectos turísticos, octubre se ha convertido en el nuevo junio. Agradables temperaturas, días aún largos, agradable temperatura marítima …y la sensación de que la isla no está atestada. Perfecto frente al horno que, entre junio y mediados de septiembre, asola el archipiélago. El Diario Vasco explicaba con detalle cómo se había percibido un aumento del veinte por cien del turismo asiático y norteamericano. Alto poder adquisitivo. Huyen de los cada vez más prohibitivos precios de los restaurantes baleares. Probablemente. Pero, por encima de todo, del calor mediterráneo. Y, también, buscando precios inmobiliarios razonables, sin dejarse llevar por la marea de ceros a la derecha vigente en Mallorca o Ibiza.
Alguien debería empezar a pensar en soluciones. Porque hace tiempo que el paraíso de Graves podría haber entrado en decadencia. Si es que no ha hecho ya.
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