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Opinión | Al azar

Navalni es el último Jesucristo

Mural en recuerdo del opositor ruso Alexei Navalni

Mural en recuerdo del opositor ruso Alexei Navalni / EP

Un tal Dostoyevski, autor de las injustamente olvidadas Crimen y castigo, ya dejó claro con la familia Karamazov que una hipotética nueva venida de Jesucristo volvería a costarle la vida, salvo que la ejecución sería llevada a cabo ahora por sus propios inquisidores en esta tierra. No hay que concentrarse en el asesino, sino en el asesinato, para determinar que Alexéi Navalni es el último Cristo. Y aunque poseía el carisma que en los profetas se llama mesiánico, la verdadera adscripción crística del disidente ruso se percibe en la aceptación de su tortura y muerte.

Se confirma ahora que Putin asesinó con una toxina experimentada en Rusia a Navalni, un Jesucristo con sentido del humor. Bromeaba incluso con su condena a muerte, al anunciar desde su encierro siberiano que «reaparezco por Navidad como Papá Noel». Sus sagradas escrituras se sintetizan en el documental con Oscar que lleva su apellido, donde interroga con tranquilidad absoluta sobre sus razones al verdugo que quiso envenenarlo. Y quedan sobre todo los programas de excelente factura evangélica donde denunciaba, como un consumado periodista, los excesos inmobiliarios y náuticos de la jerarquía rusa.

Hay capítulos controvertidos en la vida de todos los Jesucristos, el de Nazaret y el de Rusia, pero ambos quedan ennoblecidos por su combate posterior y por la sangre fría al aceptar un destino mortal. Navalni regresa a Moscú tras ser curado en Berlín de un primer intento de envenenamiento. Fue detenido al aterrizar, para entrar directamente en las cárceles donde moriría. Hay que asombrarse ante quienes podrían haberse labrado una biografía más cómoda en protestas de salón, con Zelenski como otra excepción destacada. Por desgracia, la izquierda abrazada a los paraísos iraní y ruso se siente incómoda frente a los disidentes de ambos países, algo habrán hecho. El progresismo radical chic se encomendaba a la versión oficial de Moscú, que atribuía el fallecimiento del opositor de Putin a «la hipertensión», solo les faltó añadir el estrés. No se trata únicamente de despreciar a los rebeldes con ideas propias, sino de que nunca entenderemos a los Jesucristos.

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