Opinión
A orillas de Dubai, ‘pa amb sobrassada i un siurell’

Pan con sobrasada con IGP.
Hay dos lugares que son grandes maquetas de lo que es el mundo a través de sus arquitecturas: uno es la Ciudad Universitaria de París, en pleno parque de Montsouris, y cuando uno pasea por ella tiene la impresión de encontrarse entre el Shanghai de las legaciones diplomáticas y algunos escenarios de Tintín. El sitio es estupendo y de volver a nacer me pediría un par de años estudiantiles allí alojado. El pabellón de Japón es fascinante y el español –donde se halla el Colegio de España– no es fascinante, pero sí tan serio como un edificio de Cambridge pasado por Salamanca.
El otro lo tenemos cerca y es El Terreno, lo que queda de él, que aún queda. Veamos si no la descripción que del mejor barrio moderno de Palma hizo Miquel dels Sants Oliver: «Desde la sencilla casa de una sola vertiente hasta las elegantes villas, con su balaustrada graciosa y sus terrazas a la italiana; desde la fachada blanca de cal, donde campean las persianas del verde veronés más lozano, hasta la imitación de los pabellones chinos y los tibores japoneses; desde la forma de chalet suizo vulgarizada por los relojes de Ginebra, hasta esos recuerdos más o menos próximos de las fachadas de El Cairo, con sus simétricas franjas encarnadas y pajizas semejantes a los forros de colchón… exhíbese allí una escandalosa mezcla de géneros, caprichos ornamentales y extravagancias polícromas». ¿Hay quién dé más? O mejor: ¿hubo quién diera más en su momento?
Pues bien: tanto la Ciudad Universitaria como El Terreno podrían definirse como dos popurris arquitectónicos y sin embargo no sólo tienen mucha gracia, sino que determinan –porque poseen espíritu, genius loci– una zona de París y otra de Palma de manera distinta a las habituales. Y eso, pese a ser popurris, no empobrece París, ni Palma, sino al revés, las enriquece. Como lo hacía a veces lo que se salvaba de aquella arquitectura efímera de los grandes acontecimientos: desde pabellones de cristal hasta arcos de triunfo.
Lo digo porque parece que entre el Puerto y el Ayuntamiento la hayan emprendido con la fachada marítima para que aquella donde crecimos no la conozca ni su padre. Y tiene tanta importancia esa fachada que no creo que podamos acudir a los ejemplos de la Ciudad Universitaria de París o al barrio de El Terreno de Palma como justificación de sus cambios. Ahora reformamos el paseo y le vamos añadiendo arquitectura Urbis –¿recuerdan los juegos de arquitectura Urbis?– o Playmóbil, eso sí muy variada. Primero un zigurat y ahora un toldo a lo Zaha Hadid en el proyecto del nuevo Pesquero. Quitamos el puente del Hotel Victoria y le ponemos unas barreras al paseo dignas de Guántanamo, ¿qué más da? Y por qué no, cada x metros, un edificio de espectacularidad circense que oculte la ciudad de toda la vida. Los iremos a ver como íbamos a las casetas del Ram.
Cuando de nosotros nada quede y sean los millonarios de Oriente y del Este europeo los que se paseen por el nuevo Marítimo y nadie sepa quién era Gabriel Roca, ni que el Paseo Sagrera se levantó en una noche, y en las torres del Temple haya una barbacoa para cruceristas –muy adecuado destino para cómo han dejado el edificio–, El Pesquero será otra ‘seña de identidad’ –palabrería que no falte, eso sí– de una sociedad que no supo cuidarse a sí misma y que confunde el ser con el estar, la armonía con la ocurrencia y la belleza con la rimbombancia. Somos un experimento en el que participamos todos: sus artífices y sus contrarios, por eso nos quieren poner en El Pesquero un toldo más propio de Dubai y el colmo esnob de la modernidad calatrava-style para que digamos: oh, qué bonito. O al revés: me siento como un zulú en el Londres de la reina Victoria.
Lo que quedará, si queda: restos arqueológicos de una civilización extinta, o ñoñerías folklóricas teñidas de activismo. En fin: o la debacle ‘de evento en evento’ –ni se imaginan cómo detesto esta palabra– o las nuevas Aina Cohen montadas en el caballo de Atila y con reglamentos en vez de espadas. Por mi parte me pido un centro de interpretación en las terrazas de La Seo y una escuela de skaters en los fosos del castillo de Bellver. Y no se preocupen: seguiremos aportando ideas estúpidas, que entre tanto huracán caribeño que nos ataca se nos ocurrirán de lo más variadas.
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