Opinión | Tribuna
Los sobrevivientes que nos confunden
Los edificios que vemos hoy son las casas que perduraron del medioevo, una parte de la arquitectura de aquellos tiempos

La calle Jaume III en Palma. / B. Ramón
Paseo por Palma y me deslumbran sus patios medievales, renacentistas y barrocos. Si los comparo con lo que se construye hoy—por ejemplo, Can Balaguer con el edificio de enfrente—podría pensar que la arquitectura actual es peor. Sería una trampa: no se trata de arte, de cambios sociales, ni siquiera de arquitectura, sino del sesgo de supervivencia, un sesgo que influye en nuestro aprendizaje y nuestras decisiones.
Naturalmente, en el medioevo se construía de todo: edificios majestuosos, casas mediocres y feas, robustas y débiles. Con el tiempo, las casas débiles cayeron y las fuertes aguantaron. La modernidad reemplazó las feas por otras más actuales y útiles, y así, fuimos protegiendo los mejores exponentes del medioevo. Lo que vemos hoy son las casas «supervivientes» del medioevo, una pequeña parte de la arquitectura de aquellos tiempos. En cambio, cuando miramos la arquitectura recientemente construida a nuestro alrededor, vemos todo tipo de construcciones: majestuosas, feas, fuertes, débiles. Por ello, al comparar la arquitectura del pasado con la actual, estamos comparando solo lo mejor del pasado con todo lo actual. Esta comparación está sesgada, es desigual, y favorece al pasado. Este es un ejemplo del sesgo de supervivencia, que consiste en considerar solo cosas que han superado un proceso de selección—en este caso, el paso del tiempo—pasando por alto aquellas que no lo hicieron.
Sigo mi paseo por Palma. Salgo de Can Balaguer y, caminando por Jaume III, me distrae la música que sale de una tienda de ropa. No puedo evitar pensar que la música de hoy es un desastre comparada con la música de mi juventud. El rock de los 90 es muy superior a lo que escuchan los jóvenes hoy. Pero de nuevo caigo en la trampa. Lo que recuerdo de la música de los 90 está muy influido por lo que escucho en la radio, por los discos que guardo y por mi memoria. La radio reproduce solo lo mejor de los 90—lo malo prefiere evitarlo—mis discos atesoran lo que más me gustaba de los 90; y mi memoria, que también es selectiva, está constantemente siendo reforzada por la radio y mis discos. Al comparar la música de hoy con la de los 90, vuelvo a hacer una comparación sesgada. Comparo lo mejor de los 90 con toda la música de hoy. Esa comparación favorece al pasado.
Entro a una librería y exploro las últimas publicaciones. Me sorprendo al ver varios libros sobre los hábitos de las personas exitosas. Estos libros miran a personas que han tenido éxito en sus carreras y examinan sus hábitos, sugiriendo que son precisamente esos hábitos los que causan el éxito. No los leo; ni siquiera los hojeo. No me los creo. Si uno leyera que, por ejemplo, las personas exitosas son madrugadoras, leen la prensa y trabajan muchas horas, esto no me diría nada sobre la posibilidad de que esos hábitos causen el éxito. Para saber si son esos hábitos, y no otra cosa, la causa del éxito, deberíamos mirar los hábitos de las personas que han tenido éxito y los hábitos de las que no lo han tenido, porque si descubrimos que las personas que no han tenido éxito también son madrugadoras, leen la prensa, y trabajan muchas horas, ¡entonces no son esos hábitos los que causan el éxito! Otra vez, el sesgo de supervivencia.
Estas son buenas razones para estar alerta al sesgo de supervivencia, pero existe otra razón quizás más importante. Nuestro bienestar psicológico depende, al menos en parte, de qué tan satisfechos estamos con la vida que llevamos. Esta evaluación es necesariamente relativa: comparamos nuestras vivencias con las vivencias de los demás. Hace unos años, esta comparación no comportaba mayores problemas. Socializábamos cara a cara y nuestro círculo social estaba presente. Aprendíamos de sus éxitos y fracasos, sus encuentros y desencuentros, y ellos de los nuestros. Pero hoy, gran parte de la socialización sucede por canales digitales, por lo que aprendemos de los otros a través de las redes sociales; y lo que aprendemos de los ellos suele ser una muestra muy seleccionada de sus vivencias. Y claro, cuando evaluamos nuestra vida comparando nuestras vivencias, las buenas y malas, con las vivencias de los demás, de las que conocemos principalmente las buenas, esa comparación está sesgada y nos perjudica.
Para comparar bien, debemos comparar muestras equivalentes: todo lo de antes con todo lo de hoy; o lo mejor de antes con lo mejor de hoy. Ayuda preguntarnos qué es lo que no estamos viendo: ¿Qué es lo que no ha «sobrevivido»? Cuando nos deslumbre un patio, una canción o un perfil en Instagram, recordemos lo que no vemos: los edificios derruidos, las canciones olvidadas y los contratiempos.
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