Opinión | Tribuna
Del Seiscientos al Ferrari
La brecha digital no es una cuestión de edad, sino de actitud, curiosidad y valentía para no quedarse al margen del mundo que cambia

La brecha digital es más grande en las personas mayores. / Ricard Cugat
Nuestros padres y abuelos nacieron en un mundo que hoy nos resultaría casi irreconocible. Un tiempo sin pantallas donde no existía ni internet, ni redes sociales, ni móviles, ni nada que se acercase ni de lejos a la tecnología que hoy tenemos a nuestra disposición. Un tiempo, quizá más feliz que el de hoy, sin la urgencia, ni la necesidad de permanecer constantemente conectados. Mientras, hoy en cambio, llevamos en el bolsillo un objeto diminuto, un simple teléfono móvil que nos conecta y concentra mil y una funciones: gestión bancaria, cámara, galería de fotos y vídeos, escáner, linterna, lupa, calculadora, redes sociales, WhatsApp y aplicaciones de todo tipo. Pura magia extraordinaria que hemos normalizado y que debería hacernos pensar.
Actualmente, existe y de todos es conocida, una nueva forma de discriminación digital por edad, que se manifiesta en la exclusión social por la barrera al acceso y al uso de la tecnología. De modo que, cuando la tecnología (su diseño, su lenguaje y manejo) excluye socialmente a personas de determinadas edades, en concreto, mayores, en base a la premisa de que presentan una dificultad mayor (casi insoslayable) para adaptarse al nuevo marco digital, estamos ante un claro ejemplo de lo que viene a denominarse edadismo digital.
Hace unos meses, tuve la oportunidad y el gran honor de impartir una clase en la UOM (Universitat Oberta per a Majors) sobre «Cómo compiten hoy los hoteles». Me sorprendió enormemente, que el aula estuviera abarrotada de alumnos, en su mayoría ibicencos de toda la vida. Caras amables y en algún caso, conocidas, dispuestas a escucharme con inexplicable atención. Personas mayores de más de 65 años, que a pesar de su edad, mostraron una inquietud desbordante por aprender y con ello, se ganaron toda mi admiración. Uno de los alumnos, Joan, puso palabras a una sensación compartida: la de sentirse al volante de un viejo Seiscientos, cuando hoy, en relación con la tecnología, las nuevas generaciones parece ser que van en Ferrari. Una metáfora que obtuvo su respuesta: el miedo es el verdadero freno y la actitud (que allí había en abundancia), el motor.
Después de una sesión intensa, y, quiero pensar que provechosa y entretenida, uno de los alumnos, Serra, se acercó amablemente a mí a la salida. Quiso explicarme, por su experiencia, que el tipo de empresa y de líder (servidor) que yo había descrito en la sesión, no respondía a la realidad. Que en las empresas de carne y hueso, las que no salen en los manuales, ni en los
{"anchor-link":true}
, se ha de ir con el cuchillo entre los dientes, con pies de plomo y no fiarse de nadie. Que la teoría va por un lado y la práctica va por otro. Que todo funciona hasta que deja de funcionar.
Sin embargo, y a la vista de que existen mil y una realidades empresariales diferentes, he de decir que el tipo de liderazgo que describí (el que llevo practicando en mi empresa y fuera de ella, desde hace más de 20 años) existe. No es blando ni ingenuo: es exigente, consciente y valiente. Porque requiere más coraje confiar que desconfiar, más inteligencia construir sistemas que no dependan del miedo, que fiscalizar cada acción. En cualquier caso, la experiencia del alumno (dura, valiosa y real) junto a la mía, no contradice la teoría, sino que la completa y complementa. Y su intervención final, aquella conversación fuera de programa, fue la clase más importante del día, De las que no salen en el temario, pero que justifican que la universidad exista.
De modo que, en un mundo donde se avanza a golpe de clic, y donde a las personas mayores se las está apartando con una facilidad alarmante, la brecha digital solo puede combatirse con el arma más poderosa que existe: la curiosidad, el pensamiento crítico y las ganas de entender el mundo actual. Ver entonces, a un alumno volver tras sus pasos porque la necesidad de decir lo que piensa, pesa más que el cansancio tras una sesión intensa de cuatro horas, es una forma más de avanzar en el conocimiento y de combatir esa exclusión. Y si todo funciona hasta que deja de funcionar, no menos cierto es que pensar, debatir y aprender, desde posiciones distintas, a pesar o gracias a la tecnología, es de las pocas cosas que no deberían de dejar de funcionar nunca, porque la experiencia propia no apaga el pensamiento, sino que lo afila.
«La curiosidad es la mecha del conocimiento» (William Arthur Ward).
«El hombre no puede descubrir nuevos océanos, si no tiene el valor de perder de vista la costa» (André Guide).
- Rafa Nadal justifica la venta del 44,9% de su academia en Manacor a un fondo inversor: 'Necesitábamos un socio para seguir creciendo
- Hallan el cadáver de una anciana de 78 años que llevaba un mes muerta en su casa en Palma
- Los ‘caragolins’ se multiplican en el campo y suponen una amenaza para los cultivos jóvenes
- Una defensa en el aire
- 41 grados y calima: Mallorca se prepara para los peores días de la ola de calor
- Cinco jefes de servicio e investigadores de Son Espases, Son Llàtzer e Inca dirigirán las titulaciones del nuevo campus del CEU en Mallorca
- Los alquileres de menos de 1.000 euros al mes prácticamente han desaparecido de Mallorca
- Martínez justifica la multa a los vecinos de sa Llotja por colgar carteles contra el ruido: 'Las asociaciones también tienen que cumplir las normas
