Opinión | Tribuna
La masculinidad también mide 163 centímetros
Que un hombre decida narrar su estatura señala un cambio: los hombres empiezan a poner palabras a su incomodidad corporal

Abraham Boba ha publicado 163 centímetros / .
Abraham Boba ha publicado 163 centímetros, un ensayo autobiográfico sobre vivir siendo un hombre con una estatura inferior a la media. Escribir sobre el cuerpo masculino es político: el silencio sobre él había empezado a parecer «natural».
Que un hombre decida narrar su estatura —ese dato banal que tantas veces opera como un estigma sin nombre— señala un cambio: los hombres empiezan a poner palabras a su incomodidad corporal. A admitir que no solo tienen un cuerpo, sino que lo habitan; y que, a veces, ese hogar aprieta.
Ese gesto, sin embargo, lleva décadas siendo territorio cotidiano para las mujeres. Ellas convirtieron el cuerpo en un campo de disputa pública mucho antes de que los hombres nos atreviéramos a mirarlo sin chiste defensivo. De esa batalla nació el body positive: una respuesta al mandato de encajar en moldes imposibles, a una cultura que exige ser delgadas, pero con curvas; jóvenes, pero maduras; perfectas, pero naturales.
Como casi todo lo que incomoda, el mercado aprendió rápido la lección: la autoestima como producto, la «diversidad» como campaña, el amor propio como una crema con descuento. Aun así, la cooptación capitalista no borra el origen: nombrar el cuerpo fue supervivencia.
Lo curioso es que, mientras ellas han sostenido esa conversación, los hombres apenas comenzamos a entrar en ella. No porque estuviéramos fuera de la presión estética, sino porque supimos camuflarla bajo palabras más cómodas: salud, disciplina, rendimiento. En los últimos años, el incremento de la presión sobre el cuerpo masculino es difícil de negar: redes sociales, filtros, cirugía estética, dismorfia, anabolizantes, testosterona...
Lo que cambia no es solo la intensidad, sino el lenguaje. A las mujeres se les ha exigido ser guapas. A los hombres se les exige ser fuertes. La misma lógica del ideal imposible con uniforme distinto. No se trata tanto de gustar como de servir; no tanto de adornarse como de funcionar. El cuerpo masculino no necesita ser bello; necesita ser útil: un tótem de resistencia, potencia, control. Un cuerpo para la guerra, el trabajo o el sexo. Casi nunca para la fragilidad. Y menos aún para la contemplación: incluso el descanso se justifica como «recuperación» para rendir mejor.
Basta asomarse a las redes: mientras muchas mujeres han conquistado espacios donde se celebra la diversidad corporal, el universo masculino sigue gobernado por el fitspiration y el torso esculpido. Cuando aparece un cuerpo masculino no normativo, a menudo se lo trata como excepción: lo llamativo no es el cuerpo, sino el hecho de que se muestre sin pedir perdón.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿por qué los hombres no estamos invitados a esta fiesta de la aceptación? ¿Será que el body positive resulta demasiado subversivo para la masculinidad patriarcal?
En parte, porque admitir malestar corporal en un hombre sigue sonando a debilidad. Un hombre puede hablar de mejora y de progreso; puede narrar su cuerpo como máquina. Pero le cuesta narrarlo como vulnerabilidad. Ahí está la trampa: el patriarcado no prohíbe que el hombre tenga cuerpo; prohíbe que el hombre sufra el cuerpo en público. Permite optimizarse, no dolerse.
A esa lógica se le añade una perversión moderna: incluso cuando el ideal es inalcanzable, se nos vende como cuestión de voluntad. Si no tienes el cuerpo que «deberías» tener, es porque no has hecho lo suficiente. Como si la genética, el tiempo, la salud o el dinero no existieran.
El resultado es una paradoja: bajo el mito de la invulnerabilidad masculina, los hombres se vuelven esclavos de su utilidad. La gordura, la calvicie, la baja estatura, la piel que envejece, el cuerpo que no responde… aparecen como fallos que conviene ocultar o compensar. Un hombre no se queja de su cuerpo: lo tolera o lo castiga. A veces confunde autocuidado con penitencia; el gimnasio se convierte en un confesionario donde se expía la culpa, no un lugar donde habitar el cuerpo.
El problema es que el cuerpo no es mudo. Uno puede callar, pero el cuerpo habla por otra vía: ansiedad, depresión, adicciones, trastornos alimentarios, aislamiento. El mandato de aguantar no elimina el malestar: lo desplaza.
Por eso libros como el de Boba importan: no porque inauguren el tema, sino porque vuelven visible lo que la cultura prefiere dejar en la sombra.
Tal vez el horizonte no sea obligarnos a celebrar cada centímetro, sino practicar algo más simple y radical: una relación menos bélica con el cuerpo. Menos exhibición, menos perfección, más permiso para decir: «Esto me duele», «esto me da vergüenza», «necesito ayuda».
Porque, al final, el cuerpo no es un escaparate ni un campo de batalla. Es un hogar. Una historia. Un mapa de lo que somos y de lo que hemos vivido. Como dijo Eduardo Galeano, una fiesta. Quizá haya llegado el momento de que los hombres también aprendamos a celebrarla: no como un concurso de rendimiento, sino como una forma de ternura. De reconocer, por fin, que la fortaleza no siempre se mide en músculo. A veces se mide en palabras. Y otras, en silencios bien puestos, en gestos pequeños, en la decisión de no castigarse más.
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