Opinión | Tribuna
Prohibir la carne, exhibir a las mujeres y los archivos Epstein
Prohibir la publicidad de la carne mientras se permite la exhibición de mujeres no es progreso moral: es hipocresía institucional

ACOMPAÑA CRÓNICA: COLOMBIA PROSTITUCIÓN. CTG003. CARTAGENA (COLOMBIA), 24/08/2018.- Fotografía fechada el 21 de agosto de 2018 que muestra a una mujer en el casco histórico de la ciudad de Cartagena (Colombia). Cartagena de Indias, uno de los destinos turísticos más importantes de Suramérica, ha visto cómo crece en los últimos años la explotación sexual, un lado oscuro contra el que ahora se rebelan las autoridades. EFE/Ricardo Maldonado Rozo. PROSTITUTAS. EXPLOTACION SEXUAL / Ricardo Maldonado Rozo / EFE
El Ayuntamiento de Ámsterdam ha anunciado la prohibición de la publicidad de carne y de combustibles fósiles. La medida se presenta como un gesto ético y medioambiental destinado a cambiar hábitos y conciencias. Sus promotores han explicado que la campaña se inspira en la lucha contra la industria tabacalera y en las políticas para desincentivar su consumo. Sin embargo, la comparación deja al descubierto una contradicción difícil de ignorar.
Mientras se prohíbe la publicidad del tabaco, la ciudad está llena de locales donde se vende y se consume marihuana fumada sin que ello parezca suscitar dilema moral alguno. Y mientras se oculta la carne animal por razones éticas, la exhibición de cuerpos de hembras humanas adultas continúa siendo uno de los principales reclamos turísticos de Ámsterdam. La prostitución forma parte del paisaje urbano con total normalidad, como si no planteara ningún conflicto ético comparable al de un filete en un escaparate.
Las ciudades portuarias europeas comparten una historia común: Ámsterdam, Hamburgo, Palma. Puertos, tránsito, hombres con dinero y mujeres —casi siempre extranjeras— en situación de vulnerabilidad. Recuerdo una escena en el barrio rojo de Hamburgo: dos hombres mostraban billetes a una chica muy joven para convencerla de mantener sexo pagado con ambos. Ella no hablaba su idioma; yo tampoco. Recuerdo la impotencia, el deseo de intervenir y la conciencia del peligro. Desde entonces, cada vez que alguien dice puta, pienso en aquella joven. Y suelo corregir: mujer prostituida.
Traer este debate a Mallorca no es retórico. En los años ochenta, el touroperador nórdico Spies organizaba excursiones a la llamada «Palma del Pecado», la zona de Atarazanas, nuestro barrio rojo, donde recalaban marines estadounidenses cada vez que un portaaviones atracaba en la bahía. Palma, como todas las ciudades con puerto, tuvo su cara oculta: mujeres explotadas, niños y niñas aún más vulnerables, vidas que transcurrían ante nuestros ojos como si estuviéramos ciegos.
Quizá por eso no nos sorprenden —ni nos movilizan— los archivos de Epstein. Todo el mundo habla de ellos, pero nadie actúa. Hemos normalizado la explotación sexual como un mal inevitable, integrado en el ocio, el turismo y el poder. La cobardía política es hoy total: ningún líder político europeo u occidental ha querido afrontar una industria que implica dinero, poder y hombres influyentes.
Tal vez por eso sigo esperando que, entre esos archivos, aparezca el nombre de una joven italiana. Porque, entonces, Giorgia Meloni se vería interpelada de cerca y podría llevar ante el Tribunal Internacional de La Haya a una red de proxenetas y pederastas responsables de crímenes contra la humanidad. No porque nadie la obligue, sino porque ha demostrado un coraje político que hoy escasea.
Prohibir la publicidad de la carne mientras se permite la exhibición de mujeres no es progreso moral: es hipocresía institucional. Si una sociedad se escandaliza por un filete, pero no por un cuerpo humano convertido en mercancía, el problema no es la carne. El problema es la mirada.
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