Opinión
Todos alimentan a Vox
Cuantas más autonomías repitan el esquema de un PP perdido en negociaciones eternas con la extrema derecha, más se refuerza la idea que Sánchez es la última tabla de salvación

El presidente de VOX, Santiago Abascal / EP
A estas alturas, ya nadie duda del derrumbe del PSOE en las elecciones de este domingo, hasta el punto de que Pilar Alegría podría tener los peores resultados de su partido en Aragón. Las encuestas la sitúan como tercera fuerza en Teruel y también podría serlo en Zaragoza. En todo caso, todos los indicadores repiten la tendencia de Extremadura: una derrota socialista sin parangón en una autonomía tradicionalmente suya; una crecida descomunal de Vox; y una victoria del PP que, por escasa, acaba siendo pírrica. Como consecuencia, Azcón estaría condenado a recorrer el mismo camino que Guardiola: mayoría relativa, negociación extenuante con Vox y precariedad presidencial. Ergo, victoria del PP, pero éxito de Vox, que engorda su maquinaria en cada contienda electoral.
El titular de la noticia, pues, parece que ya está escrito: el PSOE recibirá otra derrota humillante. ¿Pero un pésimo resultado para el PSOE es también un pésimo resultado para Pedro Sánchez? ¿O, por el contrario, son los mismos intereses los de los socialistas en el territorio que los de Sánchez en la Moncloa? En circunstancias normales, estas preguntas serían tan impropias como inauditas, pero en el Manual de resistencia de Sánchez nada parece inapropiado, ni imposible, y los hechos señalan en esta dirección. Perdidos los vastos restos del imperio, Pedro Sánchez se ha replegado en el palacio de invierno y desde el poder diseña la estrategia para volverlo a ganar en la batalla final. En cierto modo, es un tipo de emulación de lo que hizo Bernat de Rocafort con su mítica orden de «Quememos las naves», solo que las naves no están en Galípoli, sino en los feudos autonómicos que va perdiendo.
¿Cuál sería la estrategia, los indicios de la cual son cada vez más claros? Simple y llanamente, ayudar a engordar la maquinaria de Vox, desgastar al PP con gobiernos autonómicos insufribles, alimentar el miedo al fascio, crecido en cada elección, y llegar a las generales como gran salvador de la patria ante el riesgo de involución. Por eso no ha querido pactar con Guardiola en Extremadura -como pedían los socialistas extremeños-, porque el objetivo no era estabilizar la autonomía, sino consolidar la imagen de un PP secuestrado en eternas negociaciones con Vox. Ergo, un PP secuestrado por la extrema derecha. Cuantas más autonomías repitan el esquema de un PP perdido en negociaciones eternas, y ahogado por las exigencias voraces de Vox, más se refuerza la idea que Sánchez es la última tabla de salvación.
No hace falta decir que el PP ha trabajado intensamente en favor de este objetivo sanchista, gracias al error estratégico de creer que las derrotas autonómicas de los socialistas serían el proceso gradual que les llevaría a la Moncloa, animados por el espejismo de la mayoría absoluta de Juanma Moreno. Pero el momento Moreno no es el actual, porque ahora es Vox quien está viviendo su momento político, y lo único que está consiguiendo el PP es demostrar que cada día tiene más lejos la mayoría absoluta, que no tiene aliados alternativos a Vox y que, para llegar a la Moncloa, será rehén del partido de Abascal. Y es aquí donde Pedro Sánchez desplegará toda su retórica progresista y adecuadamente populista, para instalar la idea de la inevitabilidad de su retorno.
Por eso mismo, si la estrategia es engordar a Vox, nada mejor que una decisión altamente inflamable para el debate político como es la de la inmigración. Y es aquí donde se entiende la aceleración del pacto con Podemos para regularizar a más de 500.000 inmigrantes irregulares. Además de desviar la atención del accidente, el caos ferroviario general y el colapso de Rodalies, la medida es munición de primera para polarizar el debate en los extremos, donde Sánchez se mueve cómodamente. Pelearse con la extrema derecha, y más con un tema sensible, da réditos jugosos a Sánchez: primero, deja fuera de juego a los que tienen posiciones grises; segundo, obliga al PP a alejarse del centro; tercero, refuerza su liderazgo en la izquierda; cuarto, envía el mensaje de ser el salvador ante la oscuridad de la caverna. Da igual que el real decreto sea precipitado, no tenga consenso parlamentario y presente muchos agujeros negros. Da igual porque el objetivo era alimentar al dragón maligno para poder vestirse de Sant Jordi. Y, muerto el dragón, retorno a La Moncloa.
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