Opinión
La camiseta del presidente

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un acto del PSOE en Teruel / EP
Pedro Sánchez usa a menudo la expresión «sudar la camiseta» para dar intensidad coloquial a su labor de gobierno. Yolanda Díaz, en cambio, suele decir que en sus labores de vicepresidenta se «deja la piel». Dejar la piel, sudar la camiseta: todo vale para llegar al corazón del pueblo. Esa dedicación en interés de la ciudadanía alterna con ausencias y evasivas, aunque gobernar sea un deber de todos los días. El Gobierno de Pedro Sánchez lleva un largo trecho de abstenciones: por ejemplo, ante las dos cámaras o en el empeño de sustentar su acción política en una verosimilitud presupuestaria, con una política exterior inane y con una Televisión Española postrada a sus pies.
Por definición, lograrlo todo no está al alcance de la política pero lo que hace Sánchez es postularse como un gobernante de totalidad cuando de hecho lidera un gobierno de extrema parcialidad. Da un paso al frente para ser el primero en detener los desmanes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, o se presenta como el mejor garante de la paz en Ucrania pero en realidad no hace nada. Tuvo el capricho de ser secretario general de la OTAN y acaba presidiendo el gobierno que menos aporta a los presupuestos de la Alianza Atlántica.
Eso ocurre con la tan publicitada tarea de Sánchez de pacificar Catalunya. En primer lugar, todo ha consistido, de una parte, en hacer concesiones a los partidos que protagonizaron el procés y, de otra, desnutrir gravemente Rodalies, que es un elemento clave de la vertebración de Catalunya y de su sistema productivo. Para Sánchez, la amplitud de sus intenciones le exime de concretarlas. Su oposición a Trump quiere ser de liderazgo global, pero a la vez asume que su complemento en la circunstancia actual sea Vox, hasta el punto que actúan como vasos comunicantes. Se necesitan con reciprocidad manifiesta y es así que Vox amplía su espacio, al hilo de regularizaciones que la Moncloa decide a petición de Podemos —partido que se inspira en la demagogia de la extrema izquierda de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon en el país vecino—. En sentidos contrapuestos, el PSOE de Sánchez y Vox tercian sin mesura en una de las cuestiones más candentes en la Europa de ahora mismo.
Esa forma de gobernar sudando la camiseta y dejándose la piel agrava las tensiones. Ha ocurrido en casi todas las incidencias del Gobierno Sánchez, hasta el extremo de la tragedia ferroviaria del AVE. Sánchez aparece y desaparece; dice y no dice; está y no está, compagina el sí y el no. Son muchas inconexiones y van contagiando a la sociedad en sus flancos más irritables. Generan estados de opinión muy inflamables. Eso desgasta la capacidad ilusionista del gobierno, causando trasvases de voto como el que se pudo apreciar en Extremadura. A mediados del siglo XIX, lo vio con claridad el sabio Rico y Amat: «Según unos políticos, gobernar es resistir; según, otros, conceder; según nosotros gobernar es gobernar». Es lo que hace Sánchez, concede para resistir y acaba por no gobernar.
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