Opinión
Un nuevo eurocentrismo

La plaza de Llorenç Villalonga sin bellasombras / B. Ramon
1 La tala.
He añorado, en la polémica sobre la masacre de las bellesombres, la palabra ombú. La plaza de les bellesombres es la plaza de Llorenç Villalonga, pero el árbol, en castellano, es el ombú, que de niños nos evocaba desde las novelas de Salgari hasta las películas ¡Hatari! y Mogambo. Creíamos que el ombú o bellaombra era un árbol africano, con esa sonoridad como de tam-tam, y el ejemplar de la plaza de la Reina –que era el más espectacular– tenía la piel de elefante y parecía, también, la pata de un proboscídeo gigantesco. Este magnífico ejemplar botánico sí estaba muy enfermo y su desaparición, además de una pena, fue tan necesaria como terapéutica. Al día siguiente de su tala, como si fuera un juez de guardia, fui a certificar su acta de defunción –quiero decir que visité sus restos, enraizados aún en tierra– y les puedo asegurar que el pestazo que salía de aquellas entrañas era peor que el de la cueva donde encerraban a los leprosos en Ben-Hur.
Como es sabido, los árboles talados en la plaça Llorenç Villalonga no estaban enfermos. No su totalidad, ni la mayoría siquiera. Palma fue pionera de las plazas duras cuando se cargaron la Plaza Mayor –que era una plaza encantadora, con parterres, fuente y parada de taxis en añorado blanco y negro– en favor de un desierto enladrillado, pionero del desatado amor por la plaza de Tianamen que se desencadenaría en Palma tiempo después: véanse la plaza de España o la inclinada de Santa Eulalia, convertida en los días de lluvia en una pista de patinaje con vocación de quebrantahuesos y rompecrismas. Se ve que faltaba otra más en lo alto de las murallas: pues se quitan los árboles y ya la tenemos, por nosotros que no se diga. Aquí no habrá patinaje artístico, pero cuando llegue el verano nos vamos a enterar.
‘La masacre de los ombúes’ podría ser el título de una película de la época de Zulú, ¿recuerdan? Pero cómo van a recordar en la civilización de la desmemoria. La tala indiscriminada de bellesombres en la plaza Llorenç Villalonga –el gran escritor de la memoria de Mallorca– es una metáfora perfecta, por su paradoja, del mundo donde vivimos. Un mundo que lleva años sin escuchar a los ancianos de la tribu –y esos árboles también los representaban– sumiéndose, por tanto, en la ignorancia para que otros lo manipulen a gusto.
Pero no, el ombú no era un árbol africano, sino americano y de niño, mi padre me llevó a ver ¡Hatari! al Teatro Lírico, cuyo edificio miraba hacia el magnífico ejemplar de la plaza de la Reina, situado justo detrás del premonitorio ‘faune mutilat,/ brollador eixut,/ jardí desolat/ de ma joventut’ del poeta Joan Alcover. La poesía tiene a veces carácter visionario y Alcover, sin saberlo, ya nos anunciaba el crimen de los bellesombres, ahora un erial, pasto futuro de la jardinería de diseño con arquitecto incorporado. De los que su sola firma acalla a la izquierda, por supuesto.
2 La hipocresía.
Parece que nos enteremos ahora de la barbarie de la represión en Irán de hace unas semanas. En la prensa occidental caen en la cuenta de la brutalidad de una cifra de muertos –decenas de miles, según Le Monde; 150.000, según The Washington Post– que sólo podemos considerar de una magnitud asiática. Y es tal esa magnitud que no sabemos aún si es cierta o no, ya que las grandes cifras siempre paralizan (ya saben: ‘un crimen es una tragedia; un millón, una estadística’, que dicen que dijo Stalin). Pero preocupados por los sucesos de Minneapolis, los asesinados de Irán, por muchos que hayan sido, estaban cayendo, también ellos, en el olvido.
Somos tan sabios en nuestro continente, estamos tan informados y somos tan escépticos –el escepticismo de una civilización en decadencia– que, como romanos en el circo, esperamos la próxima catástrofe –las catástrofes como el panem et circenses– para luego salir a cenar con amigos y tomar una copa donde exponer, como mucho, fantasiosas teorías sobre nosotros mismos. Total, ¿qué podemos hacer? Somos tan listos todos que hasta sabemos poner cara y voz de preocupados por asuntos que, en el fondo, creemos que no nos conciernen.
Me contaba un amigo hace poco que cuando ocurrió el asesinato en una comisaría de Teherán de Mahsa Amini –detenida por llevar mal puesto el velo– se convocó una manifestación de protesta en Madrid y no llegaron a cincuenta personas, iraníes todos o casi. Al cabo de unas semanas, en otra manifestación contra la violencia machista había quinientas mil. Y no es azar sino determinismo: ninguna de aquellas personas había estado en la tan escasa manifestación por la chica asesinada en Teherán. La versión posmoderna del eurocentrismo.
Y 3. Los trenes.
A los mallorquines nos gusta viajar en tren porque apenas tenemos kilómetros de vías ferroviarias en la isla: no caben. El delicioso tren de Sóller ya es un souvenir para turistas y los otros son útiles de trabajo que cubren los desplazamientos obligatorios. Viajar a la Península e ir en tren siempre fue para nosotros, una ilusión que rozaba lo infantil y la satisfacción de una carencia. Viajar en tren no diré que fuera subirse al Orient-Express, pero casi. Todos nos deshacíamos en alabanzas, pero estas han sido sustituidas ahora por un silencio fúnebre. La aceleración del tiempo nos ha robado un placer –otro– convirtiéndolo en una amenaza. Faune mutilat…
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