Opinión | Tribuna
Masculinidades de rebajas

Imagen de archivo de un cartel de Rebajas en un comercio. / Ismael Herrero / EFE
Vivimos tiempos en los que las nuevas masculinidades también han entrado en la lógica de las rebajas. Entre anuncios de colchones viscoelásticos y retiros de ayahuasca, proliferan cursos y talleres destinados a aprender a dejar de ser un macho alfa, un incel frustrado o un troll de la machosfera, para convertirse en un «hombre nuevo»: consciente, sensible, deconstruido.
La oferta es amplia y tentadora. Talleres de gestión emocional, retiros en cabañas donde se llora en grupo al ritmo de un tambor chamánico, charlas motivacionales, suscripciones mensuales a plataformas de autoayuda o sesiones de terapia grupal dirigidas por coaches que cobran por hora lo que muchos ganan en un día. Todo ello envuelto en un lenguaje que apela a la autocomprensión masculina, la igualdad de género y la corresponsabilidad.
El problema no reside en la reflexión sobre los roles de género ni en la necesidad urgente de revisar críticamente la masculinidad patriarcal, sino en su conversión en experiencia de consumo: un producto empaquetado y reservado a quienes pueden pagarlo. Lo que debería ser un proceso colectivo, sostenido y socialmente arraigado se ve reducido a un dispositivo comercial más próximo a la autoayuda que a una auténtica transformación educativa y social.
La mercantilización de las nuevas masculinidades reproduce, paradójicamente, la misma lógica que dice combatir: individualiza lo que es estructural, privatiza lo que debería ser común y desplaza la responsabilidad social hacia el itinerario personal. De este modo, la crisis del patriarcado se convierte en nicho de mercado, y el cambio, en una experiencia episódica que se compra, se consume y se abandona cuando deja de resultar estimulante.
También llama la atención la cuidada escenografía de algunas de estas nuevas masculinidades. Espacios cálidos, iluminación tenue, cuerpos sentados en círculo, palabras dichas en voz baja. Todo parece diseñado para producir intimidad, como si la transformación dependiera del decorado. El malestar masculino se estetiza: se vuelve presentable, compartible, incluso fotogénico. Ya no se trata de dominar, sino de mostrarse vulnerable en el marco adecuado. Pero cuando la vulnerabilidad se convierte en forma, corre el riesgo de volverse rutina; y cuando se institucionaliza, de neutralizar su potencia crítica. La pregunta incómoda no es si estos hombres sienten de verdad, sino qué ocurre cuando el sentir se convierte en requisito, en puesta en escena, en norma de corrección emocional.
A esta estética se suma una pedagogía del relato. Cada taller produce historias de caída y redención, biografías del yo que aprendió a sentir, a llorar y, finalmente, a narrarse mejor. La masculinidad ya no se impone por la fuerza, sino por la elocuencia; ya no se exhibe en el cuerpo, sino en el discurso. El problema no es hablar —callar nunca fue una virtud masculina—, sino suponer que nombrar una experiencia basta para desactivarla, como si el lenguaje, por sí solo, pudiera hacer el trabajo de transformar las relaciones de poder y desmontar los privilegios masculinos. La confesión, elevada a método, corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de autoprotección: más reflexiva, más sensible, pero igualmente centrada en uno mismo.
Mientras tanto, hay hombres que recorren ese camino sin códigos de descuento ni promesas fáciles. Aprenden a escuchar, a renunciar, a compartir espacios y emociones sin necesidad de acreditaciones ni diplomas. Saben —quizá por intuición, quizá por cansancio— que la transformación no se mide en certificados, sino en prácticas sostenidas: en cómo se habla cuando corregir implica incomodidad, en cómo se ocupa el espacio cuando hacerlo exige echarse a un lado, en cómo se cuida cuando cuidar no produce reconocimiento.
Por eso, el problema no se resuelve fabricando masculinidades más amables, sino creando condiciones sociales que hagan innecesaria su constante demostración. Coeducación, políticas públicas, trabajo comunitario y conversación cotidiana siguen siendo herramientas menos vistosas, pero estructuralmente decisivas. Iniciativas de nuestro entorno como Homes Transitant y Homes per la Igualtat lo muestran con claridad: sin épica, sin mercado, sin promesas infladas.
Cambiar por dentro no basta si ese cambio no altera lo que consideramos normal; si no erosiona, poco a poco, los hábitos, los silencios y las jerarquías que sostienen la masculinidad tradicional. Como recuerda bell hooks, el deseo de cambiar no se sostiene en el vacío: se apaga cuando la cultura sigue premiando la máscara, alimentando la vergüenza y organizando la vida masculina como una competición permanente. Por eso, no basta con «sentir» más; hace falta un mundo en el que el aprendizaje del amor —y de una vulnerabilidad no escenificada— no sea una excepción tolerada, sino una práctica posible, acompañada y exigible.
El riesgo de convertir las nuevas masculinidades en mercancía es que acaben reducidas a una moda efímera: otro ciclo de entusiasmo y decepción. Y eso no es un daño menor. Dejemos las rebajas para los escaparates: el camino hacia una sociedad más justa no debería depender de la cuenta corriente. El cambio no es imposible; quizá el problema sea que, con demasiada frecuencia, lo buscamos en el lugar equivocado.
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