Opinión | Tribuna
La rabiosa actualidad
Muchas palabras que utilizamos en nuestro lenguaje diario, como «substancia», «accidente» o «potencia», proceden de las traducciones que los filósofos medievales elaboraron de algunos conceptos aristotélicos. Entre ellas hay que incluir también la palabra «actualitas» con la que Tomás de Aquino vertió al latín el concepto energeia mediante el cual Aristóteles expresó la plasmación in actu de todo aquello que tenga la posibilidad de existir. Un ejemplo muy empleado para explicar este proceso dinámico es el de una semilla que, como una bellota, tiene «en potencia» la capacidad de germinar y desarrollarse hasta alcanzar en acto, si nada «accidental» lo impide, la forma acabada de un roble. Cuando eso sucede se entiende que el proceso ha finalizado porque esa semilla ha alcanzado su potencial perfección, es decir ha adquirido su condición de «entelequia» (un enjundioso término filosófico tan incomprendido que se utiliza hoy en día como sinónimo de «irreal», cuando significa todo lo contrario, esto es, la completa consecución de un fin en su máxima plenitud).
El origen filosófico del vocablo «actualidad» presupone que esta abarca el conjunto de todo lo que sucede y, por tanto, de la realidad que nos envuelve. Asimismo, para ser consecuentes con el principio de que todo acto debe tener una causa eficiente que lo genere, los filósofos introdujeron entidades metafísicas superiores, ya sea un Demiurgo, un Primer Motor o a Dios como principales responsables de todo cuanto acontece. Es por ello que, dado el poder omnímodo de esa divinidad creadora, un filósofo posterior como Leibniz llegó a la conclusión de que debido a su perfección «vivimos en el mejor de los mundos posibles». En esa misma línea, Hegel afirmó que la realidad es racional, porque todo lo que sucede en ella tiene un propósito al seguir un orden inteligible.
Sin embargo, la insufrible retahíla de acontecimientos que se agolpan a diario en caótica y precipitada sucesión se empeñan en desmentir esas optimistas teorías filosóficas. De hecho, todo parece indicar que nos estamos deslizando hacia el más pésimo e irracional de los mundos imaginables. Así, en pocos años la supuesta perfección de la «actualidad» aristotélico-tomista ha degenerado en un paranoico sinsentido provocado por un mandamás colérico e impulsivo empeñado en «actualizar» sus megalómanas chifladuras. Tanto es así que el iracundo Donald Trump es el máximo responsable de «la rabiosa actualidad» que atenaza a la acongojada población mundial. Una rabia que además es sumamente contagiosa hasta el punto de que ha enrabietado desde la congelada Minneapolis a los gélidos países nórdicos y la glacial Groenlandia. La consecuencia más inmediata de que vivamos inmersos en una sulfurada actualidad es que la mayoría de la humanidad está enrabiada contra el endiosado Donald Trump, a la paciente espera de que Santo Tomás de Aquino realice un milagro y consiga la «entelequia» de devolvernos a la antigua, añorada y beatífica actualidad aristotélica.
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