Opinión | Tribuna
¿Qué habría pasado?
Estos días lluviosos me hacen acordar a mi infancia. Cuando me resfriaba, mi madre me preparaba un «té de limón»: agua hervida con limón y miel; muy reconfortante. Como los resfríos suelen curarse solos, todo lo que hagamos para curarlo parecerá que funciona. La cercanía temporal entre tomar la infusión y sentirnos mejor puede convencernos de que el té de limón cura el resfrío. Seguramente, en cada hogar se use una infusión diferente, y todos convencidos de que la nuestra es la que cura.
Para saber si realmente el té de limón cura el resfrío, deberíamos comparar qué ocurre cuando lo tomo con lo qué habría pasado si no lo hubiera tomado. Pero como no podemos vivir ambas situaciones a la vez, no podemos hacer la comparación necesaria para saber si el té funciona o no. En su lugar, comparamos cómo nos sentimos después de tomar el té con cómo estábamos antes de tomarlo. El problema es que esta comparación puede ser engañosa: si mejoramos por alguna otra razón—porque nuestro cuerpo cura el resfrío naturalmente o porque llegar a casa y descansar promueve la recuperación—terminamos atribuyendo la causa de la mejora al té de limón.
Esto ocurre cuando aprendemos individualmente, en casa, desde nuestra propia experiencia. Pero no tenemos por qué limitarnos a nuestras vivencias personales para aprender las causas de aquello que nos interesa. Seguramente haya gente que, al resfriarse, no tomen té de limón. En ese caso, se podría comparar a un grupo suficientemente grande de personas resfriadas que sí toman té con otras que no. Esa comparación sí permitiría averiguar si el té de limón ayuda a curar el resfrío.
Esto es, precisamente, lo que hacen los científicos: comparan el resultado en un grupo de intervención (que tomaron té de limón) con un grupo de control (que no lo tomaron).
En resumen, para saber si el té cura el resfrío necesitamos un grupo de control. Pero nos falta un elemento clave para que esa comparación nos permita aprender algo. Es posible que las personas que toman té sean diferentes de las personas que prefieren no tomar nada. Quizás quienes toman té cuidan más de su salud en general y, por tanto, si se recuperaran mejor que quienes no toman nada, esa diferencia podría deberse no al té sino a sus hábitos más saludables.
Exactamente por esta razón los científicos asignan a las personas al grupo de tratamiento y al grupo de control de forma aleatoria—lanzando una moneda al aire. Así se aseguran de que ambos grupos no difieren sistemáticamente en ningún aspecto: edad, sexo, hábitos, personalidad y otras características se distribuirán de manera similar entre los dos grupos.
Ahora sí, tener un grupo de control y realizar una asignación aleatoria son los dos ingredientes esenciales de un buen experimento. Así podremos verificar si una intervención funciona o no. Por ejemplo, ¿quieres saber si regañar a un empleado después de un fallo mejora su rendimiento? Selecciona varios empleados, asígnalos aleatoriamente a un grupo de control y a otro de tratamiento y, tras un error, regaña únicamente a los que están en el grupo de tratamiento sin intervenir con los del grupo de control. Después, mide el rendimiento de ambos grupos y, voilá, sabrás si regañar tras un fallo causa una mejora en el rendimiento. Existen muchos otros detalles a tener en cuenta, pero esa es la esencia de la experimentación: comparar dos grupos que son iguales en todo salvo en la intervención, como tomarse un té o recibir una bronca del jefe.
En definitiva, para saber si un evento causa otro necesitamos preguntarnos: ¿qué habría pasado si ese primer evento no hubiese tenido lugar? La manera más fiable de responderla es mediante un experimento, con un grupo de control y asignación aleatoria.
Las administraciones públicas debaten constantemente qué políticas implementar. Esther Duflo—Premio Nobel de Economía—demostró el poder de la experimentación para evaluar la efectividad de estas medidas antes de aplicarlas a gran escala. En Baleares afrontamos muchos desafíos que podrían beneficiarse de este enfoque. Sobre cuestiones de vivienda o masificación turística, existe diversidad de opiniones sobre cuáles son las políticas adecuadas. Las medidas se debaten intensamente, generalmente recurriendo al sentido común, a experiencias pasadas o a ejemplos de otros países. Aunque no todos los problemas se prestan fácilmente a la experimentación, muchas de las propuestas que se debaten podrían someterse al rigor experimental. En última instancia, la fuente más contundente de evidencia causal es un buen experimento.
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