Opinión | Desperfectos
OTAN sí y no

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte. / Omar Havana / AP
Mark Rutte -secretario general de la OTAN- se ha ganado el sueldo después de que tantos tertulianos binarios le hayan llamado palanganero de Donald Trump. El atlantismo holandés es de alta calidad y Rutte ha hecho el fino trabajo de campo para que Trump diera un nuevo giro: niega querer tomar Groenlandia por la fuerza -cediendo el terreno a la OTAN- y retira la amenaza arancelaria contra la Unión Europea. La marca del atlantismo resiste. Algo se demuestra cuando la Unión Europea actúa en bloque. Ahora toca mantener el pulso y a la vez inaugurar a fondo la senda Draghi. Como ya se sabía, la unidad estratégica de Europa tiene un valor existencial.
Se detecta un afán de desquite en quienes, desde la izquierda irredenta, ahora ya daban por muerta la OTAN, seguramente porque no estuvieron a tiempo para votar OTAN no en el referéndum de 1982. Ciertamente, Trump sigue siendo un riesgo impredecible, pero de vez en cuando los encuentros anuales de Davos dan sorpresas que no son del todo incómodas. En esta ocasión, al menos, hasta que Trump no salte de la cama con otra ocurrencia. Irán sigue en la agenda.
En Davos el canciller alemán, Friedrich Merz, ha apostado elocuentemente por una Europa unida y por una puesta a punto de la OTAN: es decir, crecimiento, unidad y defensa. Los nuevos derrotistas pesimistas harían bien en recordar que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, Alemania era un montón de ruinas humeantes. Era el año cero. Ante la amenaza soviética, Alemania, perdedora en la guerra, pudo ingresar en el bando que iba a ganar la Guerra Fría. Estados Unidos ayudó a reconstruirla, cuarteada por el muro de Berlín que cayó en 1989. Alemania se reunificó. Eso es historia y no un videojuego para veladas antisistema.
No es que estemos en un momento de eurooptimismo pero parece que la Unión Europea ha recuperado sentido y voluntad, incluso necesitando a los Estados Unidos para que haya un compromiso de paz en Ucrania. Una Europa sin potencial nuclear -salvo Francia- ni escudo antimisiles, necesita a los Estados Unidos, algo de lo que podría hablar Volodímir Zelenski, a pesar de estar padeciendo el ego histriónico y abusivo del gran bully Trump.
Los más de setenta y cinco años de la OTAN no son un peso muerto. Es una cuestión de principios como de intereses: a la Unión Europea no le conviene en absoluto una vandalización de la política internacional y por eso tiene que contribuir al atlantismo y aunar norma y potencia frente a China y Rusia. No será poca cosa consolidar una zona de seguridad ártica.
En Davos, no fue anecdótica la intervención de Jamie Dimon, presidente y CEO de JPMorgan Chase -el mayor banco del mundo-, una personalidad celebrada por decir lo que piensa y acertar. Desde el corazón algorítmico de la gran banca estadounidense, ha subrayado que desea una Europa fuerte y una OTAN con resiliencia. Se verá.
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