Opinión
Ferran Boiza
Sánchez quería Siria y ha tenido Soria

Pedro Sánchez. Pleno en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca
La política está llena de leyendas y mitos. Uno de los más persistentes dice que los presidentes del Gobierno, con el tiempo, tienden a atrincherarse en La Moncloa y a mirar más hacia fuera que hacia dentro. De ahí sale aquella pulla atribuida al exministro Jesús Posada -«menos Siria y más Soria»-, lanzada a Aznar en vísperas de los comicios de 2000 para recordarle que las elecciones las gana lo doméstico. Si juzgamos por la foto de las Azores, esta advertencia no hizo mella en un Aznar que, a decir verdad, alcanzó la absoluta.
A Sánchez también se le intuye más cómodo en la escena internacional. Su equipo había diseñado un arranque de 2026 centrado en vender que agotar la legislatura es posible, con mucha agenda social, especialmente en vivienda, guiños a su granero de votos en Catalunya, gracias a una inyección notable de recursos en el nuevo sistema de financiación, y una agenda exterior con dos hitos: primero, la reunión del 19 de enero con Feijóo, para ponerle en aprietos con la política de defensa; segundo, su intervención en Davos la semana pasada, donde la idea era confrontar directamente con Trump.
Pero la realidad no respeta guiones. Los accidentes ferroviarios de Adamuz y de Gelida hicieron saltar por los aires la planificación. Quien acabó poniendo sobre la mesa que Trump está «rompiendo» el orden internacional y que las potencias medias deberían coordinarse para construir un nuevo equilibrio fue el primer ministro de Canadá, Mark Carney. No Sánchez. La Moncloa estaba ya respondiendo a una pregunta incómoda: ¿el Estado funciona en lo básico? La crisis reputacional de la joya de las infraestructuras, la alta velocidad, y el colapso de Rodalies, ante la estupefacción de los catalanes, han venido a ponerlo en duda.
El mariscal prusiano Von Moltke decía que «ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo». Cambiemos enemigo por realidad y el aforismo se convierte en profecía. La estrategia puede ser brillante, pero lo que te define y lo que valorarán los ciudadanos es cómo respondes cuando todo parece desplomarse.
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