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Opinión | Pensamientos

La bandera en la obra

Nos aferramos a lo próximo y a la herencia de nuestros mayores como terapia frente a los peligros, incertidumbres y cambios acelerados

La bandera en la obra

La bandera en la obra / Ingimage

Cerca de mi casa están construyendo un edificio de varias plantas. Hace unos días, han colocado en lo más alto una bandera de España, símbolo de que la estructura se ha levantado sin accidentes y con éxito.

Me gustan mucho estas tradiciones; son pequeños gestos que nos unen a la humanidad y que nos hacen sentirnos miembros de una colectividad.

Como en otras obras, mis vecinos albañiles son en su mayoría extranjeros. Los oigo mucho hablar y lo hacen en un idioma magrebí. Apenas son media docena de trabajadores que han levantado la finca casi de una manera artesanal y con un gran esfuerzo.

Me pregunto qué significará para ellos poner la enseña de su país de acogida en el vértice de un inmueble que, visto lo visto, se venderá a precios inaccesibles para la mayoría de los mallorquines. ¿Se sentirán algo españolas estas personas?, ¿sabrán un poco, mucho o nada de la cultura mallorquina?

Son jóvenes y no parece que se hayan formado aquí. El sistema educativo balear, que algunos quieren trastocar, se esfuerza en enseñar a los recién llegados el catalán y las costumbres y tradiciones de la isla. También estudian castellano, algo mucho más fácil porque es la lengua dominante.

Es muy gratificante ver a jóvenes y niños de fisionomías distintas a la europea hablar en la lengua de Joan Alcover, cuyo centenario de su fallecimiento conmemoramos este año.

Nuestro idioma propio está en franco retroceso, lo dicen los expertos y se palpa en la calle, en el día a día. Los recién venidos aprenden, y se expresan mayoritariamente, en castellano, lengua que algunos bilingües prefieren en detrimento del catalán.

La izada de la bandera ha coincidido con otro hecho muy positivo: la Revetla de Sant Antoni en mi barrio, Son Dameto.

Este año, la fiesta cayó en viernes, víspera de un día festivo para la mayoría. Hizo una noche excelente, sin viento, lluvia y sin frío.

La Revetla fue un éxito de participación y de organización (al contrario que lo ocurrido en el malogrado, por solidaridad, Sant Sebastià).

Varios centenares de personas, de todas las partes de Palma, acudieron al Parque del barrio a torrar, disfrutar del espectacular encendido del fogueró y participar en una ballada popular, a cargo de Balladors de Lluc. Son diversiones modestas, pero que alimentan el sentimiento de pertenencia a una tierra y a una cultura propias y en riesgo de desaparición.

La gente tiene ganas de fiestas tranquilas en un mundo amenazado por guerras y mutante. Nos aferramos a lo próximo y a la herencia de nuestros mayores como terapia frente a los peligros, incertidumbres y cambios acelerados.

Son Dameto siempre ha sido un barrio abierto, espíritu que vertebra todas sus iniciativas y acciones.

Los encofradores no asistieron a la velada. Quizás (y ojalá), se unieron a noches mágicas similares en otras barriadas o localidades.

Existe un claro riesgo de fragmentación en grupos de residentes estancos. Extranjeros que solo se relacionan con los suyos, ya sean suecos, alemanes, franceses, chinos, magrebíes, africanos, latinos, etc. Españoles de origen peninsular que no quieren saber nada de las peculiaridades insulares y mallorquines encerrados en su modo de vida, asustados por «la invasión» y herméticos ante los diferentes. De momento, los colectivos conviven sin apenas roces, aunque el tiempo, y la evolución de los acontecimientos y estructuras económicas, podrían cambiar el panorama.

De todas formas, el que manda es el dinero, el estatus económico: si eres rico, no importa dónde viniste al mundo.

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