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Opinión | Tribuna

¿Por qué nadie nos escucha? La difícil comunicación de los ecologistas

La naturaleza ofrece múltiples beneficios de salud

La naturaleza ofrece múltiples beneficios de salud / Pxhere

No damos con el tono. A veces somos muy apocalípticos, nos enfadamos, reñimos a nuestros interlocutores. En otras ocasiones, para intentar compensar lo anterior, parecemos infantiles, o incluso un tanto happy flower. No, no sabemos comunicar bien y en general somos muy pesados.

Ser ecologista no es solo defender la naturaleza: es cargar con la responsabilidad de decir cosas que a menudo nadie quiere oír. La realidad ambiental es incómoda, urgente y, muchas veces, molesta. Y ahí surge un dilema que nos acompaña desde siempre: cómo comunicar sin alienar, cómo insistir sin resultar pesados, cómo reclamar sin parecer histéricos.

Nos reconocemos en los extremos: hay momentos en que nuestros mensajes parecen un grito apocalíptico, un «¡despierten antes de que sea tarde!» que puede incomodar o enfadar. En otros intentos caemos en un tono ingenuo o excesivamente optimista, como si pintar flores y arcoíris pudiera suplir la gravedad de la situación. Y entre uno y otro, nuestro mensaje corre el riesgo de diluirse, de ser ignorado, o incluso de convertirse en un eslogan de consumo más, integrado en la maquinaria de la sociedad de mercado que pretendemos cuestionar.

La verdad es que comunicar ecología es un arte casi imposible: hablamos de crisis reales, de especies que desaparecen, de ecosistemas que se colapsan… y al mismo tiempo necesitamos que nos escuchen, que nos comprendan, que actúen. No se trata de manipular emociones ni de dramatizar por dramatizar, sino de transmitir urgencia con claridad, firmeza y respeto, de generar conciencia sin saturar, de invitar a la acción sin sermonear.

Palabras como «emergencia climática», «sostenibilidad» o «desaceleración» suenan mal. Suenan a discursos lejanos, abstractos, casi aburridos. Quienes intentamos explicarlas a veces lo hacemos torpemente, y es comprensible que muchos no nos escuchen.

Quizás, lo que necesitamos es honestidad comunicativa: admitir nuestra frustración, reconocer nuestras propias limitaciones y, al mismo tiempo, mantener la consistencia de nuestro mensaje. Que sea humano, que sea creíble, y sobre todo, que haga pensar: que no nos ignoren porque somos ruidosos o porque somos dulces, sino que nos escuchen porque lo que decimos importa.

Al final, la comunicación ecologista no puede depender solo de la alarma o del optimismo vacío: debe encontrar un tono propio, auténtico, capaz de resistir a la indiferencia y a la mercantilización del mensaje. Un tono que diga, sin máscaras: la naturaleza importa, y nosotros también debemos importarle a ella.

Pero conviene ser honestos: el problema no es solo el tono de los ecologistas.

Se está intentando reducir la defensa de la naturaleza a un debate ideológico. Algunos están utilizando la discusión climática como estrategia política de polarización social para obtener votos y poder (efímero quizás). La comunidad científica lleva años advirtiendo de las consecuencias del calentamiento global si no se adoptan medidas eficaces de forma urgente. No se trata de ideología ni de alarma gratuita: se trata de sentido común, de observar nuestro entorno y pensar un poco.

El ecologismo no es un capricho ni un lujo. Las decisiones que tomamos hoy, sobre agua, energía, suelos, biodiversidad, determinan la vida que podremos tener mañana. Y esa lógica debería ser evidente para cualquiera, más allá de etiquetas políticas o de si nos gusta o no la palabra «desaceleración».

Sí, los ecologistas debemos comunicar mejor. Debemos ser claros, concretos, humanos y persistentes. Pero no podemos permitir que la banalización del debate, la politización de la ciencia o la incomodidad que generan ciertos términos nos haga retroceder. No estamos pidiendo heroicidades ni sacrificios imposibles, solo sentido común y un mínimo de responsabilidad hacia el entorno que nos sostiene.

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