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Opinión | Tribuna

El sur como terapia, el norte como conquista

El sur como terapia, el norte como conquista

El sur como terapia, el norte como conquista / Freepik

Una de las aerolíneas de bajo coste más conocidas del continente ha lanzado una campaña publicitaria de invierno en la que un cerdo con alas y gafas de aviador surca los cielos del sur europeo. El animal vuela hacia Portugal, Italia, Grecia y España como si esos países fueran un único lugar cálido, barato y disponible: una especie de spa continental al que acudir cuando el frío —climático o existencial— aprieta en el norte. El cerdo, además, no llega limpio de historia. Durante la crisis de 2008 ese mismo sur fue reducido al acrónimo despectivo de los PIGS, una etiqueta que condensaba desprecio económico y jerarquía moral.

Que hoy vuelva a aparecer convertido en mascota simpática no es un gesto de humor inocente. Es un ejercicio de geopolítica blanda cuidadosamente calculado. La campaña apela a imaginarios muy arraigados que siguen situando al sur mediterráneo como territorio de sol, descanso y vida amable. El mensaje no es nuevo, pero sí cada vez más explícito: el sur está para ser visitado, usado, consumido; incluso para curar. La imagen funciona como metáfora eficaz del colonialismo interno europeo, que continúa organizando el continente en dos zonas morales contrapuestas: un norte productivo, racional y eficiente; y un sur solar, emocional, desordenado y acogedor. El norte piensa y produce. El sur siente y descansa. El norte enferma de estrés. El sur se ofrece como terapia.

En Balears empieza a consolidarse una modalidad turística que encaja perfectamente en ese relato: el turismo terapéutico. Cada vez más personas procedentes del norte de Europa vienen no solo a descansar, sino a tratar su depresión, su ansiedad, su agotamiento vital. Vienen a curarse. No metafóricamente: literalmente. Clínicas, retiros, estancias prolongadas, tratamientos que combinan psicoterapia, clima, paisaje y distancia. El sur como dispositivo terapéutico. Como si el sol tuviera propiedades antidepresivas homologadas. Como si la latitud pudiera corregir un modo de vida.

Leído con cierta ingenuidad, el fenómeno podría parecer una simple tendencia de mercado. Al fin y al cabo, ¿quién no querría huir del gris, del encierro y de la presión? Pero cuando se lo pone en relación con la imagen del cerdo volador, la escena adquiere otro significado. Ya no estamos ante una suma de elecciones individuales, sino ante una narrativa estructural: el norte externaliza sus crisis al sur. Produce estrés y depresión, y luego desplaza a sus ciudadanos a otros territorios para repararse. El sur no se limita a ofrecer camas y playas; pone cuerpo, clima y paisaje para absorber los daños colaterales del modelo de vida del norte. El turista no viaja solo para gastar su dinero y su tiempo: viaja para curarse de sí mismo en otro lugar.

Esto también es colonialismo, aunque no se nombre así en los manuales de historia. No se trata de la dominación territorial clásica, sino de un colonialismo mental y funcional: la idea de que hay territorios ajenos que existen para resolver crisis propias. Unos sirven para garantizar recursos, posiciones geoestratégicas o estabilidad imperial; otros para absorber cansancio, tristeza y burnout. Cambian las formas, no la lógica.

Si ampliamos el foco, el patrón se repite. No solo dentro de Europa, sino en el conjunto del Norte global. La misma mentalidad que permite imaginar el Mediterráneo como clínica permite pensar Groenlandia como activo estratégico o países como Venezuela como piezas movibles en un tablero de amenazas, sanciones o intervenciones imperialistas. Hay lugares que se conciben como fines. Otros como medios. Algunos como centros de decisión. Otros como reservas: de recursos, de descanso, de salud, de estabilidad ajena.

El sur europeo ocupa una posición especialmente ambigua. Es lo suficientemente norte como para no ser nombrado colonia, pero lo suficientemente sur como para ser tratado como espacio de uso. No se le invade con tanques; se le invade con vuelos baratos. No se le ocupa militarmente; se le ocupa simbólicamente. No se le exige obediencia; se le exige disponibilidad.

El problema no es que alguien venga a cuidarse a Mallorca. El problema es que ese cuidado se inscriba en una lógica que asigna a ciertos territorios la función de sanar a otros. Un espacio que no solo recibe turistas, sino sujetos agotados que buscan recomponerse sin interrogar el sistema que los hizo colapsar.

La pregunta incómoda es: ¿quién cuida al sur mientras el sur cuida al norte? Porque mientras unos se curan, otros sostienen. Sostienen salarios bajos, precariedad habitacional, expulsión residencial, sobreexplotación del territorio y estacionalidad laboral. El bienestar circula en una sola dirección. La terapia, también.

Quizá haya llegado el momento de desconfiar de estas narrativas. De preguntarnos qué tipo de Europa sigue necesitando cerdos que vuelan hacia el sur. Y de reconocer que mientras sigamos imaginando ciertos territorios como remedio, seguiremos evitando la pregunta verdaderamente inquietante: qué tipo de vida produce sujetos que solo pueden curarse huyendo de ella, porque el bienestar también tiene geografía y nunca es neutral.

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