Opinión
Trump quiere ser tu dictador
«Normalmente dicen: ‘Es un dictador, una persona horrible’. Pero a veces necesitas un dictador. Ahora es de sentido común». La frase, pronunciada por Donald Trump en Davos, no fue un exabrupto ni una provocación improvisada. Fue la verbalización de un cambio profundo: la normalización de la idea de que la democracia puede ser prescindible cuando estorba.
El dictador ya no aparece como el tirano del siglo XX, sino como el gestor del siglo XXI. A veces necesario. A veces razonable. Ese mismo día se hacía público que la llamada «Junta de Paz» diseñada por Trump para convertir Gaza en un resort turístico incluye una cláusula reveladora: solo él estará al mando y podrá vetar decisiones. La autoridad fuerte deja de percibirse como una amenaza y empieza a presentarse como una solución.
No hubo escándalo mayúsculo, solo un silencio. La frontera moral entre democracia y autoritarismo se ha vuelto porosa. Durante años, el nombre de Curtis Yarvin circuló por los márgenes de internet, leído por minorías muy activas. Bajo seudónimo, defendía ideas que parecían provocaciones intelectuales: la democracia liberal es un error histórico, el Estado moderno es ineficiente por diseño y el futuro pasa por estructuras de poder más directas, jerárquicas y tecnocráticas. Hoy esas ideas han abandonado el subsuelo y empiezan a filtrarse en el centro del poder.
Yarvin cuestiona la legitimidad de la democracia como forma de organización política. Trump ha servido para normalizar esta posición. «Si lo piensas bien, ni siquiera deberíamos tener una elección», decía sobre las elecciones de mitad de mandato de 2026. Trump abre una puerta que otros están cruzando con más cuidado. Yarvin ofrece una arquitectura intelectual para justificar un giro autoritario, que deja de presentarse como una amenaza y empieza a venderse como una mejora del sistema.
Una de las tesis centrales de Yarvin es que el Estado debería gestionarse como una empresa. Sostiene que los sistemas democráticos funcionan mal porque generan burocracia, bloquean decisiones y diluyen la responsabilidad: «La monarquía es solo una startup con un CEO vitalicio». El ideal deja de ser el político negociador para convertirse en el líder ejecutivo que decide rápido, ignora procedimientos y asume costes sin pedir permiso.
Trump encarna de forma instintiva ese desprecio por las instituciones, desconfianza hacia los medios, hostilidad hacia la burocracia y una concepción personalista del poder. El trumpismo ha asumido que el problema no es quién gobierna, sino el sistema que limita al gobernante. Ya no se trata solo de retórica antisistema, sino de una arquitectura ideológica postdemocrática, tecnocrática y elitista. El cuestionamiento abierto de la democracia como sistema óptimo está ganando terreno en Europa y España. El discurso es que «la democracia ya no funciona».
Las elecciones del siglo XXI, sostiene Yarvin, ya no consisten en convencer a ciudadanos reflexivos e independientes de que un gobierno ilustrado está haciendo un buen trabajo. El objetivo es «reclutar ejércitos electorales y ponerlos en marcha». Para la derecha, ganar implica activar a votantes con escasa propensión a votar. Para la izquierda, en cambio, captar a electorados pasivos, apolíticos o intermitentes. «Incluso el votante indeciso es voluble y no está comprometido, no es en absoluto un ciudadano centrista apasionado y vacilante, devorador de periódicos y entusiasta de la política pública», apunta. En ese marco, la elección deja de ser un ejercicio deliberativo y pasa a funcionar como una operación de movilización, donde importa menos convencer que empujar.
«Todo gobierno es una forma de crueldad. Fuera del poder absoluto, todo lo demás no es más que una forma de perder», escribe Yarvin. Trump es el estruendo; Yarvin, la vibración de fondo. La frase no es una anécdota, sino la señal de una época. Cada vez más gente empieza a preguntarse si a veces un dictador no sería la solución. Si les gustó 2025, les encantará 2026.
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