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Opinión

Amaia Montero cree en Dios. ¡Aleluya!

Que dice Amaia Montero que cree en Dios. ¡Aleluya! Su confesión me resulta tan interesante como si revelara que calza un 39 o que su planto favorito es el atascaburras manchego. Desconozco si a sus 49 añazos ha sido atacada por una epifanía religiosa, como aquella que arrojó a San Pablo del caballo entre temblores y visiones, punto de partida para fundar el mayor negocio de la historia y que, según defienden algunos estudiosos del tema, fue un simple ataque epiléptico, o si la Montero llevaba mucho tiempo viviendo la fe en privado y ha decidido que ya iba tocando salir del sagrario. Tanto tiempo oyendo a hablar de los beneficios de una hostia a tiempo, a ver si no habíamos entendido lo que significaba la expresión.

Vestida con un edredón gigante de capucha aún mas desmesurada, todo esa profusión textil de blanco impoluto, por supuesto, la nueva-vieja cantante de La Oreja de Van Gogh ha resucitado diciendo eso, que cree en Dios, mientras el resto de miembros de la banda, sus monaguillos de toda la vida, menean sus cuerpos con poca convicción y tocan instrumentos que, en principio, suenan. «Allí donde muere el orgullo, hoy nace la fe», canta la irundarra, que, como los buenos jugadores de mus que proliferan por su tierra, se guarda un rey en la manga para apostillar: «Yo creo en Dios... a mi manera».

¿Será casualidad que esta catarsis pseudoespiritual coincida en el tiempo con ‘lo nuevo de Rosalía? Porque el nuevo videoclip de la catalana, alabado hasta el empacho por todo pichichi, está sazonado de referencias eclesiásticas como crucifijos, reliquias o referencias a la manzana prohibida y el séptimo cielo. El péndulo de la Historia lleva un tiempo acelerándose y todos sabemos qué dirección ha tomado a toda pastilla, impulsado por un pirado de nombre palmípedo que está jugando al Risk con el mapamundi. Y la industria musical siempre ha contado con un olfato finísimo para subirse al barco con las velas más hinchadas por el viento de las tiempos. Que cada uno crea en lo que quiera, pero que no dé la tabarra a los demás. Por Dios.

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