Opinión | Tribuna
La respuesta europea
Desde la entrada de Trump en el escenario político los patriots han pasado de 259 a 625 escaños en sus respectivos países, 78 en el Parlamento Europeo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez saluda al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, antes de la ceremonia de firma del plan de paz para Oriente Próximo el pasado 13 de octubre en Egipto. / Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa
Decía el otro día Kaja Kallas, la sucesora de Borrell, que no hace sino engrandecer la figura del excepcional político catalán, que «el mundo está para darse a la bebida». Y no le falta razón. Porque, parafraseando a Vargas Llosa, muchos se preguntan «¿cuándo se jodió el mundo?» Y la respuesta es muy sencilla: cuando, recordando la escena de Pulp Fiction, el sherif dice: «Suelta al tarado». Y entraron en escena Putin, Trump y Nethanyahu.
El más trastornado de los tres es el americano, del que llevo escribiendo tribunas desde mayo de 2020 porque lo vi venir, pero con un poco de suerte el tiempo hará su trabajo y acabará solo en su sillón viendo la televisión. Por ahora, está jugando la partida con maestría.
El economista más citado de la actualidad, premio nobel de economía de 2024, Daron Acemoglu del MIT de Massachusetts, sostiene que está sistemáticamente destruyendo la democracia desde el inicio de su mandato, una pieza tras otra, normas, leyes e instituciones, concentrando un poder doméstico absoluto sin que ni su partido ni el poder judicial le pongan freno, porque, «sencillamente, ninguno de ambos poderes, legislativo y Tribunal Supremo, están haciendo su trabajo». El entrecomillado es mío.
Las derivadas son enormes, incluso para quienes aspiran a destruir la democracia: aquéllos a los que el Documento de Seguridad Nacional americano denomina «patriots», es decir, los partido de ultraderecha internacionales. Les ha supuesto un trampolín inesperado aún y a pesar de contravenir la lógica del mercado, que idolatran. Porque los aranceles están minando la capacidad productiva de las empresas como refleja la situación de la economía americana: la inflación estadounidense que dejó Biden ha empeorado; el DOGE les costó a los americanos 10.000 millones de dólares; el gasto público ha crecido un cuatro por ciento en 2025; la industria norteamericana ha perdido 75.000 puestos de trabajo y 300.000 funcionarios federales han perdido su trabajo. Es decir, un desastre en clave doméstica, pero esto no ha hecho nada más que empezar.
El martes colgó en su red social una imagen de IA en la que él, Vance y Rubio aparecen plantando la bandera americana en Groenlandia, lo cual tendría gracia si lo hubiese hecho un estudiante de primaria, aunque la diferencia entre coeficientes intelectuales de uno y otro no es destacable. No ha hecho más que empezar porque la respuesta europea que valorábamos utilizar antes de su reculada en Davos, el mecanismo anti coerción, independientemente de que fuese necesaria, nos podría haber conducido a una guerra comercial sin precedentes. Y le quedan tres años de mandato. Hubiese consistido, básicamente, en activar represalias por 93.000 millones de dólares que la UE aprobó en primavera como respuesta a los aranceles que aprobó Trump en lo que llamó «el Día de la Liberación»; atacar los sectores tecnológicos en los que los americanos tienen superávit comercial con la UE; establecer restricciones a la inversión extranjera directa americana; excluir a las empresas americanas de concursos públicos; restringir actividades bancarias, de seguros y capitales financieros norteamericanos; implantar protección de derechos de propiedad intelectual, etc.
La respuesta de Trump hubiese sido invocar, nuevamente, poderes de emergencia anticonstitucionales cuyo alcance no me atrevo a imaginar. Pero más allá de lo que él hiciese, se trata de lo que tenemos que hacer nosotros. La respuesta comercial es la más poderosa de la que dispone la UE frente a Trump, pero no es la única. Deberíamos empezar por limpiar la casa común. Es decir, y a modo de ejemplo, ¿se imaginan ustedes que en una reunión de Alcohólicos Anónimos hubiese barra libre?, ¿o que en cualquier congreso de salud mental repartiesen rayitas de coca? Extrapolen el disparate a la Unión Europea: desde la entrada de Trump en el escenario político los patriots han pasado de 259 a 625 escaños en sus respectivos países, 78 en el Parlamento Europeo; representan a 16 partidos antieuropeos de trece países. ¿No sería conveniente que, visto lo que supone Trump para la seguridad internacional, aquí nos planteásemos si queremos más de lo mismo?
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