Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La suerte de besar

Cuando nadie nos ve

Cuando nadie nos ve

Cuando nadie nos ve / ingimage

Cuando creemos que nadie nos mira, espiamos de reojo las conversaciones ajenas por WhatsApp. Antes cotilleábamos las noticias del periódico que nuestro vecino de asiento leía, hoy nos preguntamos a quién va dirigido ese emoticono o qué relación tendrá con el receptor de: «Va. Di algo», enviar. «Pues nada. Sigue así», enviar y cierra la aplicación de mensajería para abrir Tinder. Ella sí. Ella no. Ésta tampoco. Sí. Mmm. Pausa larga. Amplía la imagen. Sí. Match.

Hay personas que, incluso cuando creen que nadie las ve, retiran los excrementos de sus perros de la calle. Se agachan, recogen y echan agua jabonosa. Son héroes del civismo y del respeto al espacio público. Hay otros que, como piensan que nadie les está observando desde la ventana de una cocina cualquiera, miran hacia un lado y hacia otro y aprietan el paso tirando del can con fuerza y dejando tras ellos unos restos orgánicos que no merecemos. Un asco.

Cuando nadie nos ve revisamos los mensajes que, alguna vez, alguien nos escribió. Repasamos las palabras y volvemos a escuchar las canciones que compartió. Necesitamos encontrar un significado oculto, una intención que no supimos ver. Cuando nadie nos ve nos torturamos pensando en las oportunidades que dejamos escapar y nos alegramos por las que supimos agarrar al vuelo.

Si nadie nos mira, nos observamos más. Acercamos nuestra cara al espejo para examinar las arrugas que nos salieron por reír y las canas que aparecieron por sufrir. En la intimidad, podemos machacar nuestra autoestima y creer que no somos buenas madres o buenas hijas. Ojalá ser mejor hermana, mejor amiga, mejor profesional, mejor novia. Bueno, lo de novia sobra. Está bien como está.

A solas y en silencio, a veces, rezamos y hacemos balance de nuestra vida. Que el mundo se tranquilice, que Trump decida aislarse en un monte perdido de Mongolia y no le volvamos a ver el pelo, que Putin no se venga arriba, que nuestros hijos estén bien, que no nos suban los intereses de las hipotecas, que la ciencia avance, que nadie sufra, que podamos mantener el trabajo, que aquella amiga que no está muy fina mejore pronto, que este verano no haga demasiado calor, que me pueda permitir un viajecito, que aquel amigo deje de una vez a su novia petarda a quien no soportamos desde el primer minuto en que la conocimos, que pasemos menos tiempo delante del móvil, que Menganito me envíe un mensaje y me pida que vayamos a cenar, que no se agoten las pensiones o que no pierda la paciencia tan rápido.

Si no nos contemplan, bailamos en ropa interior. Somos Tony Manero, Madonna, Bad Bunny o Michael Jackson. Somos ágiles, descaradas, modernas y sexis. Agarramos a nuestra perra por las patas delanteras y danzamos un vals. Cantamos rancheras con una alcachofa a modo de micro y movemos el pelo y la pelvis como Shakira. Abrimos nuestros álbumes de fotos y acariciamos la silueta de nuestros abuelos, admiramos la expresión y los ojos de nuestras madres y besamos la cara de nuestros bebés. Hablamos solas: ¿Qué venías a hacer en el congelador? Ah, sacar la carne picada para la boloñesa. Mientras cocine la pasta, miraré por la ventana y trataré de cazar lo que hace la gente que cree que nadie la ve.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents