Opinión
La información promociona la desinformación
Los medios de comunicación racional consagran un espacio creciente a denunciar la difusión de bulos, con la pretensión vana de que así contribuyen a desactivar las patrañas
La honda preocupación por la difusión acelerada de las mentiras ha llegado al punto en que la información promociona la desinformación. Los medios de comunicación racional, entendidos como aquellas marcas que mantienen un porcentaje de veracidad aceptable, consagran un espacio creciente a denunciar la difusión de bulos. Con buena voluntad, les asiste la vana pretensión de que el levantamiento del velo desactiva la patraña.
Por desgracia, también cabe la interpretación malévola de que los tradicionales legacy media despachados por Trump con aire fúnebre airean las falsedades para contagiarse a sabiendas de su poder seductor. Incluso para los seres humanos afectados de erudición, «Marcianos en el vecindario» es más atractivo que «Bajan los tipos de interés». El intachable Bertolt Brecht escondía novelas policiacas baratas en el interior de sesudos tomos filosóficos, que en teoría estaba devorando. El cotilleo fascinaba a un alumno de Harvard llamado John F. Kennedy.
Si se receta el alejamiento higiénico de las fuentes de desinformación, este mandato profiláctico abarca a las recolecciones de mentiras que colonizan cada vez con mayor frecuencia las páginas serias, so pretexto de denunciar el fraude. De este modo, la información se concentra en exclusiva en combatir las especulaciones infundadas, en lugar de investigar críticamente lo ocurrido. Desmentir un bulo no solo es más barato que averiguar la verdad, también resulta inútil.
No solo por casualidad, la desinformación protege las falsedades que la autoridad difunde como inexpugnables en cuanto nacidas de los expertos. La concentración en lo grotesco filtra la artimaña sibilina, los ejercicios de superioridad moral respecto de los mentirosos que actúan con estrépito han suplantado a la investigación crítica y diligente. Ninguna mentira emanada de una granja de San Petersburgo puede igualar en poder lesivo a una falsedad gubernamental, por citar dos fenómenos de frecuencia comparable.
Los cruzados del desenmascaramiento de las noticias falsas olvidan la capacidad procreadora de la entropía, la flecha del caos. En su versión juguetona, la lucha desigual contra el bulo viene sintetizada por la Ley de Brandolini, o Principio de Asimetría de la Estupidez. De acuerdo con su formulación canónica, «se necesita mucha más energía para refutar una imbecilidad que para producirla». El corolario no solo establece que el planeta se está inundando de detritos informativos jamás neutralizados, sino que tal propósito sería contraproducente porque empeoraría la situación de partida.
La Ley de Brandolini es una variante del Efecto Streisand, donde los esfuerzos por desmentir con contundencia una información errónea ayudan a multiplicar su difusión. Se agranda la mancha o la herida, uno de los principios elementales que descubre todo periodista. El agravante en la desinformación propagada so capa de información consiste en que las piezas aparentemente benéficas se publican a conciencia. De hecho, encomendar a un profesional que desmonte las mentiras triviales a su paso es un procedimiento para neutralizarlo documentado desde el Watergate.
Sin salirse de esta semana, un Gobierno incapacitado para generar una información solvente sobre un desastre sin autolesionarse acude a la posición ventajista de descabezar cualquier hipótesis como desinformación. En buena lógica, la incapacidad de aportar una explicación plausible de la tragedia debería cursar con la remoción inmediata de los dirigentes fallidos. En realidad, se utiliza el silencio institucional para amarrar al cargo a los presuntos responsables, mientras se desprestigia a quienes insisten en perseguir maniatados unas briznas de realidad. De nuevo, el riesgo de la desinformación convierte en invulnerable a la mayor fábrica de mentiras, siempre domiciliada en los centros de poder.
Una verdad retrasada es peor que una mentira, además de una tentativa de infantilizar a la audiencia. Al límite, el riesgo de equivocarse suprimiría cualquier tentativa de expresarse. Dónde quedó la imagen del periodismo como «el primer borrador de la historia», «la verdad al galope» y demás fanfarria romántica. «Dos más dos» debe pasar hoy a la fuerza por la ventanilla del departamento de comunicación del ministerio o de la institución financiera. De lo contrario, la osadía quedaría al borde de la sanción penal. Más grave todavía, incurriría en desinformación.
Pese a la ley de probabilidades y a la navaja de Occam, ya no puede precisarse si el cadáver recibió las puñaladas antes o después de morir. La inquietud inhibidora consiguiente solidifica una audiencia donde los Gobiernos no deberían centrarse en los desinformados, sino en quienes no saben a qué atenerse ante la magnitud del encubrimiento. La mejor manera de derrotar a los bulos consiste en no escucharlos, la magia inherente al periodismo reside según el insustituible Eugenio Scalfari en crear sus propios personajes adentrándose en la vida de los demás. Con la dialéctica de las redes sociales, los seres humanos están más preocupados de lo que se dice de ellos que de lo que dicen ellos. Es la forma más moderna de esclavitud.
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