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Opinión | Escrito sin red

Se hunden seguridad y confianza

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el ministro de Transportes, Óscar Puente, y la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, el pasado lunes en la zona del accidente ferroviario de Adamuz.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el ministro de Transportes, Óscar Puente, y la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, el pasado lunes en la zona del accidente ferroviario de Adamuz. / Pool Moncloa/ Fernando Calvo / Europa Press

Es cuestión harto conocida que el crédito, la reputación, la imagen que alguien, también un gobernante, pretende construir, no es tarea de un día sino el resultado del esfuerzo, de la acción sostenida a lo largo del tiempo. Y aun así no existe garantía alguna de que lo consiga. En primer lugar, porque el futuro no está determinado por la racionalidad, sino por fuerzas ajenas a la misma, como el azar o la acción de otras en sentido contrario. En segundo lugar, por las consecuencias imprevisibles de las acciones humanas, insertas en una realidad siempre incognoscible en su totalidad. Aun en el caso de haber conseguido atesorar un depósito de crédito, cuán fácil, por un revés del destino es perderlo, cuán fácil es que la confianza acumulada con tanto esfuerzo se derrame y se pierda como el agua de una presa que se derrumba.

Así parece que ha sucedido con la tragedia del domingo en Adamuz en el descarrilamiento de un tren de alta velocidad de Iryo en dirección a Madrid y su choque con otro tren de Alvia de Renfe en dirección a Huelva. En el momento de escribir estas líneas no se dispone de la causa definitiva de la tragedia. Se está señalando la posibilidad de que se debiera a un problema de la infraestructura ferroviaria, una soldadura defectuosa en los raíles, lo más probable, o a la circunstancia de un defecto achacable al tren de Iryo, lo menos probable, pues había superado una reciente revisión. En todo caso pasará algún tiempo antes de que se acredite con total seguridad la causa del accidente. La seguridad y la confianza del sistema han saltado por los aires con la muerte de cuarenta y tres personas y numerosos heridos; y, con ellas, el depósito de confianza en la fiabilidad del transporte ferroviario de alta velocidad ha sufrido un daño quizá irreparable. Se han hecho llamadas desde el Gobierno y su presidente a la lealtad de todas las instituciones y a no hacer caso de bulos en las redes sociales. Lo que sucede es que quien hace tales llamadas dejó hace tiempo de disponer de la credibilidad que otorga la fiabilidad de un Gobierno. Pongamos por caso, es sólo un ejemplo, la fiabilidad de un organismo del Estado como el CIS, que nos acaba de informar sobre la intención de voto de los españoles en unas próximas elecciones generales. Otorga al PSOE una ventaja de siete puntos sobre el PP, cuando desde hace tiempo todas las encuestas realizadas por empresas privadas atribuyen al PP una ventaja sobre el PSOE en torno a los seis puntos; encuestas que se han visto ratificadas por los resultados electorales en Extremadura del pasado mes de diciembre. El CIS, dirigido por el hombre que dice que se le tiene envidia a Sánchez porque es muy guapo, el catedrático Tezanos, es una fábrica de bulos. De ahí la desconfianza hacia Sánchez y la dificultad de discernir cuándo dice la verdad y cuándo nos está mintiendo.

La realidad es que desde hace unos años nos vamos acostumbrando a las noticias de grandes desastres ferroviarios. Trenes que no pasan por los túneles; averías continuas en medio de la noche y de la nada, averías de la catenaria, falta de puntualidad, retrasos injustificados, estaciones sumidas en el caos… mientras el ministro de Transportes es capaz de jactarse de que estamos ante el momento ferroviario más brillante de la historia. Un hombre que se caracteriza por sus soflamas contra la oposición que gobierna la inmensa mayoría de las comunidades en catástrofes como la dana de Valencia o los incendios en Castilla y León, se transmuta, por el arte de birlibirloque, en amable interlocutor que se quita el sombreo ante Juanma Moreno Bonilla cuando el señalado por circunstancias catastróficas es él mismo.

Si se confirmara tras un análisis exhaustivo el defecto en la infraestructura ferroviaria quedaría cuestionada la gestión de Adif y el Gobierno. En efecto, los datos señalan que el gasto en el mantenimiento de la red de alta velocidad es una tercera parte de lo que Francia e Italia destinan a tal fin teniendo una extensión de red inferior a la española. ¿Cómo no relacionar el déficit de gasto en mantenimiento con la ausencia de presupuestos desde 2023? ¿Cómo puede soportarse que el Gobierno incumpla por tercera vez la obligación constitucional de presentar un proyecto de presupuestos? ¿Cómo digerir que el presidente del Gobierno afirme que se puede gobernar sin presupuestos y sin el respaldo del Congreso? ¿Cómo que va a mantenerse como presidente hasta 2027 porque no está dispuesto a que gobiernen los partidos de derecha, como reflejan desde hace tiempo todas las encuestas y los resultados de Extremadura? El titular de Transportes se jactaba hace pocas semanas de que se estaba preparando el incremento de la velocidad hasta los 350 Km/h. Algo que nos equipararía al nivel del único país del mundo que lo había conseguido, China. Pues ahora, tras ignorar las continuadas alertas de vibraciones de los maquinistas del AVE en la línea entre Calatayud y Madrid, el ministerio ha limitado la velocidad máxima en este tramo a 160 km/h. Luego ha rectificado. Luego la ha rebajado hasta Zaragoza y Valencia. Es evidente que el descontrol obedece a la tragedia de Adamuz.

El caso es que Sánchez es un gobernante que en absoluto dispone ni de crédito ni de reputación ni imagen de fiabilidad. Lo ha demostrado fehacientemente en todo momento con su traición a los principios que decía defender. Ha puesto al Estado al servicio de sus intereses personales; lo ha desarmado ante quienes pretenden destruirlo. Lo ha colonizado en todas sus instituciones colocando no a los más aptos sino a los amigos y a los más fieles. Así en el ministerio de Transportes y Adif estaban e influían los Ábalos, los Koldo, los Cerdán, las Pardo de Vera y las sobrinas necesitadas. No es, en el caso de Sánchez, que lo sucedido en Adamuz haya arruinado una gestión caracterizada por la defensa de una acción sostenida en el tiempo para fortalecer al Estado y la sociedad española, lo de Adamuz es el dramático estrambote del hundimiento de la seguridad y confianza de los ciudadanos en un servicio público fundamental (trenes vacíos), de una acción dirigida a debilitar al Estado y polarizar a la sociedad con el único objetivo de mantenerse en el poder, al precio que sea. Un presidente con el cuajo de proclamar que su Gobierno es el más eficaz y limpio de la historia.

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