Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

El catecismo arcoíris

No se trata solamente de expresar una identidad personal, sino de imponer significados políticos a través de la apariencia

El catecismo arcoíris

El catecismo arcoíris / Manu Mielniezuk

Transcurridas las Navidades y las fiestas de Sant Antoni y de Sant Sebastià, en Palma ya estamos cosiendo los disfraces para sa Rua. Llega el Carnaval, con su tradición de inversión de roles, exageración y burla. Y, como cada año, no faltará la comparsa de hombres vestidos de mujer: a veces con ropa interior femenina sobredimensionada, a veces con gestos deliberadamente grotescos, casi siempre desde la caricatura.

No hay nada especialmente transgresor en ello. El Carnaval no suele honrar lo femenino, sino ridiculizarlo. La mujer aparece convertida en parodia: exagerada, sexualizada, grotesca. No es una novedad ni una ruptura cultural, sino una tradición festiva que, bajo la coartada del humor, reproduce con frecuencia misoginia y machismo.

Conviene distinguir esta lógica carnavalesca de otras expresiones culturales donde el cruce de códigos de género tiene un sentido ritual o simbólico. En algunas culturas, estas prácticas no buscan la burla ni la apropiación, y tampoco pretenden sustituir a las mujeres ni borrarlas como sujeto político. No todo travestismo significa lo mismo ni cumple la misma función social.

El problema aparece cuando la lógica del Carnaval —el disfraz, la performance, la exageración— deja de ser fiesta y se convierte en discurso político normativo. Cuando ya no se presenta como parodia, sino como verdad incuestionable. Cuando la estética abandona el espacio lúdico y pasa a definir derechos, límites y categorías sociales.

A partir de ahí, el cuerpo se convierte en argumento. No se trata solamente de expresar una identidad personal, sino de imponer significados políticos a través de la apariencia. Resulta significativo que determinados discursos se encarnen en cuerpos inequívocamente masculinos —biológicamente reconocibles, corpulentos, musculados— que no ocultan su masculinidad mientras adoptan elementos estéticos asociados a lo femenino. La performatividad sustituye al razonamiento y se presenta como autoridad moral.

La diferencia con el pasado es sustancial. Este nuevo catecismo no se limita a la expresión individual ni al juego estético con el género. Aspira a la ocupación de espacios específicamente femeninos y a la redefinición legal y simbólica de la categoría «mujer». Las consecuencias ya no son teóricas: son materiales y afectan a la intimidad, la seguridad y la igualdad real.

Un ejemplo reciente lo ofrece el Reino Unido. Las enfermeras del Servicio Nacional de Salud (NHS) han tenido que recurrir a los tribunales para impedir que un médico varón autoidentificado como mujer accediera a los vestuarios femeninos. Mujeres obligadas a litigar para defender algo tan básico como su derecho a desnudarse en su lugar de trabajo sin hombres presentes, con independencia de que esos hombres lleven falda, esmalten sus uñas o se dejen el pelo largo.

Este tipo de conflictos no se producen en Irán, Afganistán o los Emiratos Árabes. No porque sean sociedades más justas, sino porque este fenómeno —la exigencia masculina de acceso a espacios femeninos en nombre de la identidad— es específicamente occidental, surgido allí donde los derechos de las mujeres ya existían y ahora entran en colisión con nuevas demandas.

Estos debates no son anecdóticos ni culturales: son políticos. Y han provocado una fractura cada vez más visible entre colectivos LGB y Q+, especialmente en cuestiones como menores, deporte o espacios segregados por sexo. Frente a esta complejidad, el catecismo responde con simplificación: a quien pregunta, se le acusa; a quien discrepa, se le cancela.

El orgullo, cuando fue necesario, fue una reivindicación. Convertido en dogma permanente, corre el riesgo de transformarse en catecismo. Y ningún catecismo —por colorido que sea— puede sustituir al debate, a la evidencia ni al pensamiento crítico.

Tracking Pixel Contents