Opinión | El trasluz
Ya lo hemos hecho antes
Volver no implica negar lo vivido, sino integrarlo

Trump y los suyos no representan solo una anomalía política, sino una tentación más profunda: la de quedarse a vivir en el sueño. / Archivo
La vida no consiste en evitar el desequilibrio, sino en saber volver de él. No hay existencia que no se desplace hacia zonas de inestabilidad, hacia el abismo. Vivir es aceptar el cambio de rasante. No es sostenerse en la vigilia perpetua, sino aprender a entrar y salir del sueño con naturalidad. También se vuelve del delirio (lo dice un delirante). Se regresa de las Navidades, se sobrevive a la revelación de que los Reyes Magos son los padres. Se sobrevive también a las Rebajas de enero. Volver no implica negar lo vivido, sino integrarlo. Tal vez la vida consista precisamente en ese movimiento pendular: ida y vuelta entre la ficción que nos protege de la realidad y la realidad que nos arranca violentamente de la ficción para que freguemos los platos o hagamos la comida. Soñamos para ensayar, para exagerar, para romper las costuras de lo dado. Despertamos para comprobar qué queda en pie, qué merece ser salvado, qué debe ser abandonado. La salud -individual y colectiva- es la capacidad de regresar de la alucinación con algo útil en las manos.
Hay épocas en las que la sociedad entera parece haberse perdido dentro de un sueño de grandeza, de miedo, de identidades rígidas, de enemigos imaginarios. Entonces, la locura deja de ser íntima y se convierte en sistema; deja de ser metáfora y se transforma en programa político. ¿Sabremos volver? La locura se disfraza con frecuencia de sentido común. Habla alto, simplifica, promete soluciones definitivas. Trump y los suyos no representan solo una anomalía política, sino una tentación más profunda: la de quedarse a vivir en el sueño, renunciando al trabajo incómodo del despertar. Porque despertar duele (recuerden a lo que despertó Alemania tras el Holocausto). Exige matices, memoria, responsabilidad. Exige aceptar la complejidad y la fragilidad. Pero si algo nos enseña la experiencia personal e histórica es que siempre se encuentra el modo de volver (hasta Hansel y Gretel lo lograron). A veces de forma lenta, torpe, incompleta también. Volvemos del amor que nos hizo daño, de la idea obsesiva que nos poseyó, del padre autoritario que nos sojuzgó. Volvemos con cicatrices, pero también con un conocimiento nuevo: el de haber estado fuera de nosotros mismos. Quizá, en estos momentos, no deberíamos preguntarnos si seremos capaces de volver. Debemos recordar que ya lo hemos hecho antes.
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