Opinión | Miel, limón & vinagre
Álvaro Arbeloa: Entre pitos y Espartas
En sus primeros días como entrenador del Real Madrid, el exjugador blanco se ha refugiado en tópicos para tapar la pitada del Bernabéu y a un vestuario consentido

Álvaro Arbeloa.
¿Qué se necesita para ser entrenador del Real Madrid? La respuesta no es fácil. Como casi ninguna en el fútbol moderno. Pero en el club que presume de ser el más ganador de la historia, lo que sirve es llevar títulos a esa vitrina frente a la que Álvaro Arbeloa, nuevo técnico blanco, se quedó mirando ensimismado. Apenas unos segundos que en su cabeza quedaron como un fragmento de 300. Otros espectadores vieron un gag de Michael Scott, el jefe regional de Dunder Mifflin en The Office.
Vamos, una paradoja andante que rompe la cuarta pared, como el resto del reparto, para caer en reacciones estrambóticas. En sus primeros días en el cargo, Arbeloa se ha sentido actor. El problema es que, aunque llevase años practicando ante el espejo, uno nunca está del todo preparado para ser el hombre al que todas las cámaras miran. Lo peor que puede hacer es pensar que le están grabando en todo momento, como le sucede en las primeras escenas de su autobiografía como comandante en jefe.
A Arbeloa le apodan El Espartano por una anécdota que se produjo en abril de 2016, cuando tras una remontada del Real Madrid ante el Wolfsburgo en el Bernabéu, irrumpió en el vestuario con la pregunta: "¿Os habéis divertido?". A la frase, tomada de Gladiator, le acompañó un: "¡Tres partidos más, tres partidos más!". El equipo conseguiría la Copa de Europa aquel año, tras batir al Atlético, de ahí que el sketch acabase siendo premonitorio. Pero como todo en el fútbol, tuvo sentido tras ganar.
De no haberse producido un desenlace victorioso, la cinta habría quedado sepultada, salvo que a algún compañero rencoroso le diese por rescatarla como un ejemplo de arrogancia y una advertencia sobre el sentido del ridículo. De nuevo, la frontera es mucho más delgada de lo que parece. Era mucho más ancha la que separaba al Castilla, filial blanco, del primer equipo madridista. Que se lo digan a Raúl González, su predecesor en el equipo B, que acabó yéndose tras desaparecer de unas quinielas en las que Arbeloa subió como la espuma.
Cuando su nombre se confirmó para relevar a Xabi Alonso la sorpresa fue notablemente inferior a la que produjo la destitución del vasco, su excompañero y amigo, pero su antítesis en la forma de ver el fútbol y la vida. Mientras que el tolosarra se preocupó por desarrollar su idea hasta que quedó atado de pies y manos por un vestuario consentido, Arbeloa, consciente de su vertiginoso ascenso, se ha pasado los primeros días masajeando el ego de sus estrellas. Especialmente, de Vinicius: "Siempre que esté disponible, jugará".
Como en la escena ante la vitrina de los títulos, Arbeloa camina por Valdebebas mirando hacia todos los rincones. Después del batacazo inicial contra el Albacete en Copa, optó por mantener el tono tribunero que protege al empleado frente a su jefe, Florentino, y los que le sostienen en el cargo. Unos jugadores que ya demostraron su capacidad para desacreditar al profesor que venía de ganar un doblete histórico con el Bayer Leverkusen. Pero, según los entornos de los futbolistas, cada vez con más poder, sus métodos eran demasiado para ellos.
Escudo del presidente
Vídeos largos de análisis y táctica para la generación TikTok. Nada de eso. Ejercicios físicos con balón. Menos todavía, que el preparador personal de turno sabe mucho mejor cómo esculpir el torso de deportistas que cada vez más se olvidan de lo que son. Por eso, una pitada y pañolada históricas como la ofrecida por el Bernabéu son el mejor remedio para ponerles los pies en el suelo. El problema para el Real Madrid es que la bomba de relojería que estalló tras las últimas decepciones alcanzó también al palco. Arbeloa actuó rápidamente como escudo humano para Florentino, asegurando que los que pedían su dimisión no querían al club y que formaban parte de una campaña: "Sé de dónde vienen".
Cuando fue cuestionado por tan severa afirmación se descubrió que era solo un lugar común, como todos los que ha ido utilizando hasta el momento. Se fue por los cerros de Úbeda, que al parecer quedan cerca de Esparta, que a su vez desemboca en Chamartín, donde está el coliseo del Bernabéu. La arena de los gladiadores con techo retráctil y perfume galáctico que Arbeloa querrá convertir en un escenario para sus películas de tópicos como el 90 minuti son molto longo, el espíritu de Juanito o el fracaso está de camino al éxito. Un estoicismo low cost, con briznas de mourinhismo, para calificar a los madridistas según su gusto por pitar. El tiempo dictará sentencia con un simple verbo: ganar.
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