Opinión | Al azar
Valentino remataba la belleza

Valentino Garavani / EP
Las mujeres que podían pagárselo adoraban a Valentino como si pudiera diseñar una solución para cada uno de sus problemas, el creador no les correspondía habitualmente desde la reverencia. Las recortaba y también las cortaba. Era gato, generoso anfitrión de lengua afilada, las vestía para que se desvistieran en su yate. La arribada del aparatoso Blue One a Puerto Portals oficializaba el comienzo del verano billonario en Mallorca, a principios de esta década se desveló la foto de Lady Di en bikini en el barco, en los años en que se corroía su relación con Carlos de Inglaterra. Estaba flanqueada por el modisto y por Kyryl de Bulgaria, entonces esposo de Rosario Nadal, musa de portada que aparece en otras instantáneas de la singladura. La mallorquina recogió el testigo de Nati Abascal.
Así es como desaparece el triunvirato de diseñadores italianos que convirtieron a la moda en un arte, y sobre todo degradaron el arte a una moda. Si Giorgio Armani encarna una eficacia sin fatiga de materiales, Valentino Garavani alcanza el esplendor con riesgo de suntuosidad, y Gianni Versace se derrama hacia la desmesura.
Cuando Gwyneth Paltrow se enfurecía contra Brad Pitt o Ben Affleck, llamaba de urgencia a Valentino a Mallorca para una cura de urgencia en yate. Los gritos de la actriz indignada podían ser escuchados por el resto de los comensales, el sumo tejedor apenas si fruncía los labios. Unos días en el Mediterráneo apaciguarían a la heroína del Shakespeare enamorado, pero la gran amiga mallorquina de Valentino fue Marieta Salas. Por eso asistió a la fiesta en el casino de Juan Carlos I y Marta Gayá, acompañado de Mijaíl Baryshnikov y Florinda Bolkan.
Antes de contratar a un marinero para que paseara a sus perros en el Blue One, el modisto rojo intenso ahora fallecido fue un aprendiz que surcaba el Mediterráneo presentando sus bocetos. Suele olvidarse que nadie trabaja tan a destajo como un diseñador de prestigio, de ahí que sus marcas fueran absorbidas por los corsarios del capitalismo de lujo, con la valiosa excepción del Armani siempre independiente.
Valentino remataba la belleza porque reservaba una estudiada indiferencia hacia sus modelos. Contemplaba el cuerpo como un problema, tras haber tenido en sus manos las anatomías más deseadas del planeta. Y se obligaba a frivolizar, la garantía de la gloria.
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