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Opinión | Tribuna

La cultura de la gratuidad: el coste invisible del arte en Mallorca

Un artista callejero en un acto reivindicativo en la plaza de Cort.

Un artista callejero en un acto reivindicativo en la plaza de Cort. / Luana C. L.

En Mallorca, la mayoría de los artistas que exponen en espacios públicos no reciben remuneración alguna por su trabajo. Mostrar obra en centros culturales municipales o participar en programaciones institucionales implica, a menudo, asumir todos los gastos asociados a la exposición: producción, transporte, montaje y difusión. Todo ello sin compensación económica.

En muchos casos, el apoyo institucional se limita a ceder el espacio y, en ocasiones, a diseñar o imprimir un cartel. En otros contextos, ni siquiera eso: son los propios artistas quienes deben encargarse de la comunicación visual de la exposición. El pago de honorarios por exhibir sigue siendo una excepción dentro del mapa cultural público de la isla.

Esta práctica, tan extendida como silenciosa, se ha normalizado hasta el extremo. Incluso en los eventos culturales que cada verano dinamizan pueblos y barrios -y que forman parte de la identidad cultural de Mallorca- la compensación económica para los creadores continúa siendo una asignatura pendiente para la mayoría de los participantes.

El resultado es un filtro económico. Solo quienes pueden permitirse trabajar sin cobrar o quienes complementan su actividad artística con otros ingresos logran mantenerse activos. De este modo, la práctica artística deja de depender exclusivamente del talento o la dedicación y pasa a estar condicionada por la capacidad financiera. En la isla, esta realidad empuja a muchos creadores a relegar el arte a los márgenes de su tiempo: tras la jubilación o después de largas jornadas laborales en otros sectores.

A esta precariedad se suma una contradicción habitual en los espacios públicos: la imposibilidad de vender obra. En numerosas exposiciones institucionales no se permite mostrar precios ni realizar transacciones, bajo el argumento de que se trata de entornos ‘culturales’ y no comerciales. Sin embargo, esta distinción simbólica no elimina los costes reales de producción ni el trabajo invertido. El arte se presenta como un bien cultural, pero se sostiene económicamente sobre el esfuerzo individual del artista.

Esta incoherencia se repite en eventos institucionales como la Nit de l’Art y celebraciones similares, donde las condiciones varían según el municipio: en algunos casos se permite la venta de obra; en otros, no. Lo que sí se mantiene constante es la ausencia de honorarios por participación. La profesionalización del sector queda supeditada a criterios dispares y, con frecuencia, arbitrarios.

Como señalaba un profesional del sector:

«Mi empleo a tiempo completo es el que sostiene mi carrera artística. Vivir exclusivamente de la creación aquí es, hoy por hoy, un horizonte inalcanzable».

Aceptar este modelo implica validar una idea profundamente injusta: que el trabajo artístico no merece ser remunerado por el hecho de nacer de la vocación. Sin embargo, crear exige formación, esfuerzo y recursos. Invisibilizar ese trabajo precariza el sector y excluye de manera sistemática a nuevas voces que no pueden sostener este ritmo económico.

No se trata de un problema individual, sino estructural. Buena parte de la programación cultural pública se construye gracias al sacrificio económico de artistas que asumen costes que deberían formar parte de la responsabilidad institucional. Esta dependencia silenciosa sostiene una oferta cultural que se presenta como accesible y diversa, pero cuya base económica resulta frágil y excluyente.

Es el momento de que este debate se traslade al espacio público. No es solo un reto para los creadores, sino para toda la comunidad que desea una cultura viva, plural y sostenible. Exigir condiciones dignas no es un gesto corporativista, sino una defensa del valor del trabajo artístico.

La magnitud real de esta práctica solo podrá entenderse escuchando al conjunto de artistas que hoy sostienen la vida cultural de la isla. Comprender cómo afecta esta situación al sector exige recoger experiencias y testimonios que den forma a un debate riguroso y continuado.

Lo que no se paga tiende a volverse invisible, y lo que permanece invisible acaba, inevitablemente, por desaparecer.

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