Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

¿Si nos repartimos todo, qué dejamos al mundo?

¿Si nos repartimos todo, qué dejamos al mundo?

¿Si nos repartimos todo, qué dejamos al mundo? / .

«Mamma mia! ¡Todo para la posidonia y nada para nosotros!», exclamó un señor italiano desde la cubierta de su yate cuando, desde el agua, le avisé de que estaba en una zona protegida y que fondear allí destrozaría la pradera marina.

Él estaba convencido de que el océano existía para que él pudiera navegar.

«Tampoco voy a apagar los focos que iluminan la playa del camping. Si no, mis clientes no verán nada en sus paseos nocturnos». Esto es, al menos, lo que debió de pensar el dueño del camping cuando le explicamos el daño que esa luz causaba a las tortugas marinas que se desarrollaban en la arena, a pocos metros de su negocio.

También él pensaba que la playa existía para su empresa.

«Si no vais a limpiar esta playa de algas, yo debería pagar menos impuestos que los vecinos de aquellos apartamentos, que tienen la orilla limpia», repetía indignada una señora al ver posidonia en la orilla frente a su apartamento vacacional.

Ella también creía que el mar existía para sus baños en agua salada.

Desde pequeños, en las clases de Historia, nos enseñaron cómo las personas se han repartido el mundo. Sencillo: un mapa, un lápiz, algún tratado… y, listo, a disfrutar de la nueva adquisición.

Con esa imagen grabada—la de un mundo parcelado y repartido como si fuera un botín—no es de extrañar que creciéramos creyendo que todo está ahí para nuestro uso y disfrute.

Y sí, ahora hay más normas, muchas de ellas incómodas, pero quizá la pregunta no sea por qué existen, sino por qué hicieron falta. Porque si nadie nos marca un límite, ¿qué hacemos? ¿Dejamos espacio a algo que no seamos nosotros? ¿Sabemos convivir con otras especies sin ocuparlo todo?

Yo misma tuve que revisar mis hábitos cuando me explicaron que no podía llevar a mi perro a ciertas playas porque afectaba al ecosistema dunar. Me costó asumirlo. Pensaba que la playa era también «mi» lugar, un sitio donde jugar, correr y descansar. Pero ¿y todo lo que vive allí antes de que lleguemos nosotros?

Qué pocas playas quedan en Mallorca donde un ave pueda anidar sin que una pisada humana acabe con un nido.

Qué pocas orillas quedan en Valencia sin estar bañadas en luz artificial, incapaces de ofrecer una noche verdaderamente oscura.

Quizá lo que nos falta es asumir que no vivimos solos aquí. Que el territorio no es algo que se nos entrega en exclusiva, sino un espacio compartido donde otras especies también tienen sus propias rutas, tiempos y necesidades. Volver a cohabitar el mundo y recuperar el equilibrio: dejar de ocuparlo todo para que algo más pueda seguir ocurriendo.

Tracking Pixel Contents