Opinión
El péplum anual de Sant Sebastià

Así ha sido el 'Dia de la Pesta' en Palma / Guillem Bosch
En los años 70, Lindsay Kemp marcó un cierto hito en la cultura teatral española. Y cómo no, vino a Mallorca. Ese éxito fue una obra titulada Flowers, tejida sobre un libro de Jean Genet bajo la advocación de Santa María de las Flores. O sea, que la pulsión religiosa digamos que latía por debajo. Y alguno diría que también por encima, aunque para metamorfosear el original en otra cosa irreverente y poco ortodoxa. Y sin ortodoxia, recordemos que la religión se cae sola.
El atrezzo y decoración de la obra eran muy festivos y coloristas y su autor-adaptador y actor principal –el mismo Lindsay Kemp– se presentaba en el escenario con el rostro y la testa teñidos de blanco y algo así como khol alrededor de los ojos. Una herencia del teatro antiguo o quizá –y lo digo por el colorido un punto orientalista: la japonesería– del teatro kabuki. En cuanto a gesticulación, ríanse ustedes de Isadora Duncan y Pola Negri juntas: vicios del mimo, imagino.
La obra se estrenó en el Auditorium con llenazos y críticas no tanto favorables –que también– como extasiadas: bienvenidos al mundo gay post-Oscar Wilde. Lindsay Kemp deslumbró, convirtiéndose en lo que ahora llamarían un ‘icono’, en los entonces progres, modernos y burgueses à la page. E incluso influyó en la decoración de algunas de sus casas. Al cabo de un tiempo se estrenó Sebastiane, una película de Derek Jarman basada –es un decir– en la figura del centurión romano que fue mártir y santo. Y que la historia de la pintura occidental convirtió, con permiso de Buñuel, en oscuro objeto del deseo. El imaginario literario, también occidental –sobre todo a partir del surrealismo–, abundó en el asunto con tanta fortuna social como escasa en buena literatura. Y el escritor japonés Mishima se fotografió asaetado como el santo. Las cosas como son. O como fueron. Aquel Sebastiane de Jarman/Kemp –más aspaventoso, por cierto, que en Flowers– ya no gustó tanto entre sus recientes fans. Todo empezaba a ir deprisa –en aquella época Saura estrenó su película sobre el mundo quinqui titulada Deprisa, deprisa, ahora ya va todo igual– y lo efímero de las modas explosivas hizo mella, también, en el teatro de Kemp. Al menos entre los simples espectadores y no especialistas del género: del entusiasmo se pasó al leve eco del mismo y luego al olvido.
El escritor Alberto Cardín –el único en España a la altura de Copi y de Lluís Fernández hasta que se distanciaron (hay un libro de Fernández, Una prudente distancia, donde lo cuenta desde una dolorosa incredulidad)–, Cardín, digo, escribió de Kemp con cierta mofa, pero tampoco él se zafó de publicar un péplum teatral con Fabiola y Sebastián de protagonistas y una cierta influencia post-Kemp. El gusto por lo kitsch. Los peplums cinematográficos siempre fueron uno de los géneros favoritos de Terenci Moix y San Sebastián –no olvidemos que protegía a Palma y otras ciudades de la peste–, una figura renuente de reivindicaciones ajenas a todo aquello que lo hizo mártir del cristianismo en tiempos del mal bicho de Diocleciano. Cuentan que cuando las mujeres jóvenes, o no tanto, veían sus representaciones pictóricas –de Bazzo a Mantegna, o El Perugino– reconocían ante el confesor haber pecado ‘con deleite’. Durante y después, se supone. Como se supone que a los hombres con afición les debía pasar lo mismo. Se confesaran, o no.
Quiero decir con esto que nada hay nuevo bajo el sol y que uno de los ya viejos hábitos cuando se acercan estas fiestas es reivindicar una condición –sa condició se decía en Mallorca– del mártir que no parece que surja de la realidad histórica sino del imaginario, que siempre suele tener un punto calenturiento. Del imaginario de los artistas del Renacimiento –con tanta belleza como espíritu mórbido– y de una voluntad política que descubre América todos los eneros con un fervor que ríanse de Cristóbal Colón.
Los nuestros son tiempos descreídos, herencia del nihilismo del siglo XX. Vivimos una época cansada de sí misma y desconcertada cuando se mira al espejo. Tal vez convendría preguntarse si su posible revitalización circula por la vía de la heterodoxia o no, ya que la heterodoxia –lo que estaba fuera de la doxa– es ahora la que se ha adueñado del espacio público. ¿Qué es más importante, pues, la tradición tal cual, o un revisionismo poblado de nuevas tradiciones inventadas hace media hora? Porque la cosa no para: este año, otro postizo: La festa de la pesta, o algo así. Antes las llamaban ideas de bombero (con perdón de los bomberos). Ahora los vientos vénen de fora portes. Y a este paso olvidaremos lo que de verdad éramos. En Palma, digo.
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