Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza
El azar

Archivo - Calle en un mercado de Fez (Marruecos) / EP
Hola hoy desde Marruecos. Les escribo con un pulgar que traje lesionado desde España, repartida entre el pinchazo al teclear y mi tendencia a multiplicar mis divagaciones cuando viajo. En fin, que sea lo que Dios quiera, o mucho más acertado en este contexto: Insha’Allah.
Arranquemos con un pequeño secreto: viajo en compañía de dos hombres. Un curioso trío -¡por favor, que sus mujeres me disculpen la expresión!-. Nos conocimos hace ya muchos años trabajando en Ibiza. Tras numerosos viajes de trabajo juntos, cuando abandoné la isla y el cargo, di por descontado que nos llamaríamos, sí, cuando fuera de visita o -de nuevo, el azar- coincidiéramos en algún sitio. Eso al principio, claro, hasta que con el paso del tiempo el hilo se fuera diluyendo. Y no pasa nada. El amor es eterno mientras dura, y las mejores alianzas pueden durar minutos.
Sin embargo, para mi sorpresa, me llamaron un día para pedirme que había estado hablando y les gustaría que siguiéramos viajando juntos, los tres. Ahora, solo porque sí, que créanme, es el mejor de los motivos.
Debo confesarles que soy de viajar sola. Es más, me horrorizan esas pandillas sin ton ni son, tan forzadas, en las que todo lo que tienen en común es el miedo a viajar solas. Entiendo, pero no me interesan los resorts con camas balinesas y prefiero mil veces marcharme a trabajar tres meses en un campo de refugiados donde las personas esperan repitiendo «Insha’Allah». Es fabuloso que el mayordomo recuerde a qué hora te levantas y qué leche o zumo prefieres en el desayuno, pero nada supera el privilegio de compartir un plato de comida con quien no tiene nada más.
Viajar con mis hijos, sí: llevar a Diana a Benarés, a Óscar a Nueva York o a Mario a Atenas -serán siempre mis personas favoritas en el mundo-. O traer a mis amigas, una y otra vez, a compartir esa Ibiza que no anuncian las agencias ni las influencers. O marcharnos, ya saben, porque sí, a esta exposición o a aquel concierto.
¿Pero ir por ir, con cualquiera? La de veces que he respondido, sin pelos en la lengua, a un «¿Vamos de viaje juntos?» con un simple: «Ni hablar». Y, sin embargo, con ellos, a quienes conocía -viajadamente hablando- ¡tanto! Y es desde entonces que nos considero oficial y verdaderamente amigos. Y viajamos en esta rara combinación de tres personas que se eligen a lugares que elegimos. ¡Tantos! Que, por más que tiremos de memoria, nos dejamos en el tintero ciudades y países, hasta que algo nos devuelve a alguna anécdota. Entonces, lo que nos cuesta es recordar cuándo fue aquello. «¡Fue antes de…!», «¡Que no, que fue después!»
Hemos recorrido ya, entre otros, Francia, Alemania, Inglaterra, Irlanda, Escocia, Austria, República Checa, Polonia, Hungría… ¡y hasta Gibraltar! Y entre todos, sin lugar a dudas reconozco más en las tripas de nuestra España de a pie: los mercados, la arquitectura, la construcción de los pueblos, el bullicio, el saludo en la calle, ¡incluso en el diccionario! este Marruecos.
Un país al que he viajado -como al resto-, porque sí, solo por quererlo. Sin que me exigieran el visado que les exigimos para viajar a ellos. No me requirieron presentar extractos bancarios, nóminas ni carta de patrocinio por «criterios de seguridad y control migratorio». Y no existe explicación alguna a esta diferencia de libertad que haber nacido aquí o allá. Por puro azar. Y nada más.
Ese azar, tan nefasto según advierte el diccionario: «Casualidad, caso fortuito»; «Desgracia imprevista», que acaso se aproxima a su origen en la tercera acepción: «En los juegos de naipes o dados, carta o dado que tiene el punto con que se pierde». No sé si somos lo que hablamos, o más grave, ¡nos hacemos como hablamos! Pero lo cierto es que hay palabras que escuchas y te resuenan. Como azar, tan injustamente moldeada desde lejos. En el diccionario de 1780 se leía: «Desgracia impensada. Omen infaustum, inopinata sors».
Azar es una de esas millones de palabras que usamos cada día. Proviene del árabe az-zahr, que significa ‘dado’. Antiguamente aludía al juego mismo, no a la derrota, sino a la tirada, a la elección solo porque sí de probar suerte. Con la libertad de que nadie limita el resultado y la justicia de que todos partimos con las mismas posibilidades. Para bien y para mal, el regalo de la coincidencia en el tiempo y el espacio.
El azar es tu país, tu madre, son tus hijos. Las personas que llegan a tu vida y, ya entre ellas, escoges con quiénes viajas, en cuáles te quedas.
Visto así, el azar no nos golpea; lo buscamos desde la voluntad, desde la libertad y desde el asombro. ¡Somos nosotros, maldita sea, quienes más golpeamos a los otros!
Ojalá conozcamos un mundo con todos los números en los dados. Insha’Allah, algún día... un mundo sin visados.
«Soy vecino de este mundo por un rato y hoy coincide que también tú estas aquí. Coincidencias tan extrañas de la vida. Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... Y coincidir».
(Nadie entendió el azar como Alberto Escobar).
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