Opinión
Plath al margen

Plath al margen / .
Aunque pasen ocho o nueve lustros hay temas que son o se convierten en auténticas bandas sonoras para los grandes cambios. Hay grupos que pasarán o pasan sin pena ni gloria o con solamente un tema. Otros ponen la música a los acontecimientos presentes o futuros. En literatura sucede casi lo mismo.
Después de la Gran Guerra el mundo se caracterizó por la sed de vivir y de pasarlo bien. Esos dorados años veinte que detrás del escenario escondían los grandes desajustes que avecinaban un gran trauma. Al finalizar esos veinte ya planeaba sobre el continente la negra sombra de quien no ha marchado. El sanguinario laboratorio de la Guerra Civil española, ese proyecto carnicero, era el preludio de la mayor barbaridad que estaba por llegar. Sobre la humanidad se cernía lo peor. Ascendían fulgurantemente los fascismos y el racismo era el motor que sustentaba todos sus movimientos. Ese asqueroso reptil campaba tan a sus anchas como lo era Castilla. Europa entraría en pánico. La sociedad boquiabierta, en parte tan horrorizada como temerariamente paralizada ante lo que se veía venir. El pueblo se resignó a entrar de lleno en las pestilentes y sucias tinieblas. El mayor conflicto, el horror más inimaginable de los treinta a los cuarenta. La gente corría a los refugios antiaéreos de las estaciones de metro o de sus propios barrios. El bien superaría a la barbarie, pero tarde. Millones de personas habían sido vilmente masacradas. Muchos historiadores ya situaron el drama en el primer tercio del siglo XX con un gen dominante sobre una «crisis de los valores occidentales» y en «el declive de Europa», esa vieja canción. Aquí no cabe la obra plathiana pero en el año 1976 (medio siglo) el buque escuela chileno Esmeralda era fotografiado delante de los rascacielos de Manhattan, con el World Trade Center en un primer plano, era la festividad del bicentenario de la independencia de los EUA. Era el prototipo que ilustraba la llamada «aceleración histórica» pero esta iba a acontecer el 11 de septiembre de 2001. A raíz de esa barbarie genocida, y sus consecuencias, el escritor Paul Auster ya vaticinó que la federación se acercaba peligrosamente a la guerra civil. En 1974 los más retóricos sostenían que el viento soplaba entre dos enormes columnas en la misma fuerza que hinchaba las velas de ese navío permitiendo la convivencia entre dos mundos «profundamente diferentes». Todo muy bonito y naif a la hora de hacer literatura en esos años. Ambos universos se siguen moviendo realmente, pero más que por el viento, por un único y omnipresente e idéntico agente: dinero.
«La memoria no acierta a fijar sus contornos ni a delimitar sus etapas», escribían los moralistas más pedantes. La música popular, sí. Llegaban al final de sus crónicas anunciando como conclusión un inminente preámbulo triunfalista que advertía el desencanto y la humillación. Para ellos el triunfo de la vida era más potente que el efecto de las crisis y las guerras, pero esta literatura de kiosco ha resultado ser de lo más dañina y casi toda la Historia de la Humanidad es a trazos bien gruesos carrusel de tragedias y bufonadas perpetradas por una escoria que, en gran parte, es definida como élite por los untados que escriben su crónica.
El borrado de esas torres, y la preciosa vida de más de tres mil personas, se confirma como el comienzo del desorden.
En los ochenta el tema
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de los Sigue Sigue Sputnik fue la avanzadilla que ilustraba con un sarcástico y ácido video un panorama donde los misiles se proyectaban sobre las torres de NY. Una irresistible Debby Harry se había adelantado un rato, en el año 1978, con su
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con prácticamente el mismo decorado al inicio y en el epílogo de la canción. Para redondear la familiar cabecera en diferentes ocasiones incluso con los Ramones. Un punto de inflexión aparentemente inorgánico para la historia. El mismo
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que cantaba, mucho antes, el genio Guillem d’Efak, ese concepto símbolo universal de fragilidad del brillo, de lo que brilla, ante cualquier protección que se considere definitiva.
(No es lo mismo haber nacido en el país equivocado y ser de la Escuela de Manacor que haber nacido en los USA y prácticamente no haber ido a la escuela). Un auténtico escudo antimisiles cultural que protegía la luminosidad hasta hacerla saltar por los aires. Ese rollito pseudo alternativo de determinada extrema derecha nutre hoy el más ingenuo y peligroso de los desencantos que el movimiento MAGA ya está empezando a ser, muy probablemente, el reverso de esa misma lógica en su cruel y antidemocrática deriva. Embrión de su propio final y comienzo de algo realmente no anhelado pero necesario. Los cambios más sólidos aparecen por reajuste de los espacios más inaccesibles de llenar en el tiempo. Un martillo sin hoz para esta cúpula de cristal. Una inaguantable provocación que te despierta.
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