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Opinión | Tribuna

Carlos Martorell Campins

La humanización de las curas

Ambulancias del 061, en una imagen de archivo.

Ambulancias del 061, en una imagen de archivo. / CAIB

En todos los estudios de las disciplinas sanitarias se imparten asignaturas que nos hablan de la empatía y la comunicación. Da igual si eres auxiliar de enfermería, técnico en emergencias, enfermero o médico, durante el periodo de formación crees firmemente que las patologías del paciente no son solo fisiología, y que para recuperarse necesita al profesional y también a la persona que hay tras el uniforme.

En la actualidad, observamos impasibles cuál puede ser la sensación de un paciente tirado en la calle, cuando llega la ambulancia: luces y sirenas, gente con uniforme, pinchazos, dolor y sobre todo, incertidumbre y miedo a morir.

¿Alguien se ha presentado a este paciente?

¿Alguien le ha explicado lo que le estamos haciendo?

Subimos al paciente a una camilla, entra en la ambulancia, cada vez observa más cables, tubos, sueros y alarmas que pitan y no sabe por qué.

Este paciente sigue sin saber que le está pasando, generando una angustia horrorosa que seguramente también afecta a su estabilidad hemodinámica. Con una simple explicación de lo que le está pasando, y de cuál es su estado aumentaríamos su sensación de seguridad, no se sentiría desamparado e incluso sus constantes vitales mejorarían.

Si hacemos un repaso cronológico de la historia de la enfermería, observamos un cambio de paradigmas; una primera etapa donde los sanitarios éramos los expertos y el paciente no contaba para nada, avanzamos llegando a la etapa de integración; donde pasamos a llamar al paciente «cliente» como si él fuera el que ha elegido enfermar, y ahora en la actualidad empezamos escuchar su opinión, situándonos en un paradigma de transformación dónde el paciente es el actor principal en todos los aspectos, llegando a ser un modelo biopsicosocial.

¿Actuamos igual que pensamos, o hemos retrocedido a la edad media?

Probablemente, nuestra función como cuidadores debería ser centrarnos en el enfermo y no en el órgano. Por otro lado observamos cómo la sanidad ha sufrido una tecnificación donde da la impresión que también a nosotros nos ha transformado en máquinas, abandonando «el arte del curar y cuidar», trabajando como robots y olvidándonos que tras el uniforme somos personas.

Actuemos como tal y regalemos a nuestros pacientes humanidad para su curación y la nuestra.

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