Opinión | Tribuna
Brotes verdes

Donald Trump, presidente de EEUU / Agencias
Por primera vez los republicanos contestaron a Trump intentando bloquear el ejercicio ilegítimo que hace del poder legislativo. Congreso y Senado trazaron una línea roja, más allá de las habituales peleas MAGA, cuestionando si el poder estadounidense debe regirse por la ley o por los instintos de un hombre: eso que Trump denomina «su propia moralidad». No se trata de que algunos republicanos se sientan traicionados por promesas incumplidas, como no participar en más guerras; por el constante aumento del precio de la vida o por las persistentes preguntas sin respuesta en torno a las prometidas revelaciones sobre el caso Epstein, que el presidente bloquea, sino de que intentaron poner coto a las continuas declaraciones de emergencia que usurpan el poder del Congreso y están conduciendo al tirano a escalar conflictos dentro y fuera del país. Perdieron la resolución en el Senado por el voto de calidad de Vance aun y a pesar de las enormes presiones del presidente.
En el corazón de esta revuelta hay una realidad aterradora que incluso a los más veteranos y experimentados congresistas republicanos les cuesta expresar en voz alta: que el presidente de los EEUU haya considerado públicamente la idea de usar la fuerza militar no contra un adversario distante, sino en contra de sus propios aliados (Groenlandia). Cuando el senador Chris Murphy lo expuso cayó como una bomba en las filas republicanas y comprendieron que no se trataba de amenazar a Irán o a Nicaragua, sino a Dinamarca, un habitual aliado de los EEUU y miembro de la OTAN, cuya principal característica es el principio de defensa colectiva y que cualquier ataque contra un país miembro es un ataque contra la OTAN. Una pesadilla jurídica y estratégica que sitúa a los EE UU ante un escenario de conflicto directamente con Europa. Ningún congresista o senador podría explicar a sus votantes semejante desvarío.
Trump no procesa la geopolítica como alianzas, tratados u obligaciones de seguridad compartidas, sino como una palanca, propiedad o negocio que puede conseguir si presiona con suficiente fuerza. Mentalidad característica de un consejo de administración y antítesis de la política, porque puede provocar muertes y los viejos senadores republicanos lo saben. Una vez planteado el uso de la fuerza militar la maquinaria se pone en marcha, le guste o no al Congreso. Por ello la Ley de Poderes de Guerra corresponde a aquél y no al presidente de los EEUU. Plantearlo como una emergencia de seguridad nacional rompe ese freno y veta el poder constitucional de quienes han sido elegidos por sufragio directo. Por este motivo congresistas y senadores republicanos se unieron a los demócratas para pararle los pies al aprendiz de dictador, para que no repitiese un ataque a Venezuela. Este respondió con amenazas, con rabia y con ira llamando a la senadora Susan Collins, porque es lo que hace quien se cree investido por un poder divino, como explicaba en mi anterior artículo. Cayó en la cuenta de que hay líneas que no se pueden cruzar, que existen compromisos por encima de la lealtad partidista. Para Trump el poder no es condicional sino ilimitado, por lo que la rebelión fue una humillación. Para él las resistencias son existenciales por cuanto la estrategia de su segundo mandato se basa en proyectar fuerza, la inevitabilidad y el control. Nada socava su autoridad más rápidamente que la sublevación de los republicanos electos.
Los legisladores son un obstáculo que interfiere en su dominio y el control de la narrativa, no comprende que la sublevación pretenda devolver la competencia al Congreso y al Senado, pero ha dejado al rey desnudo. La cuestión en que los suyos, bien por preservación de sus cargos, bien porque se están dando cuenta de lo peligroso que puede ser el poder ejercido por un presidente sin el control legislativo, están reaccionando. Y era imprescindible frente a un tirano avejentado que da muestras, cada vez más evidentes, de serios problemas cognitivos.
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