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Opinión | Tribuna

San Sebastián y el ‘queerismo’ de cartel

Las teorías contemporáneas no niegan la materialidad de los cuerpos; lo que hacen es problematizar cómo se les atribuyen significados

San Sebastián

San Sebastián / .

En los últimos años proliferan carteles y campañas institucionales que apelan a la diversidad desde una retórica aparentemente inclusiva, pero conceptualmente pobre. Se presentan como avances incuestionables lo que, en realidad, son simplificaciones de debates teóricos complejos que el feminismo y la teoría de género llevan décadas elaborando con rigor.

En Palma, esta deriva adquiere una dimensión especialmente significativa con la resignificación de San Sebastián, patrón de la ciudad. Sant Sebastià no es solo una imagen estética reutilizable, sino una figura histórica y cultural profundamente arraigada en la memoria colectiva. Convertirlo en icono queer mediante carteles institucionales no es un gesto inocente ni necesariamente transgresor: es una operación cultural que aplana el símbolo y lo pone al servicio de un mensaje cerrado. La historia del arte ha leído desde hace décadas su iconografía en clave homoerótica; una cosa es el análisis crítico y otra, muy distinta, la reducción del símbolo a emblema ideológico unívoco, presentado como verdad evidente.

Uno de los ejes de este tipo de discursos es la afirmación de que sexo y género son categorías indistinguibles y completamente construidas. Esta idea suele invocarse en nombre de autoras como Judith Butler, pero rara vez se expone con la complejidad que exige su lectura. Las teorías contemporáneas no niegan la materialidad de los cuerpos; lo que hacen es problematizar cómo se les atribuyen significados.

Durante los años setenta y ochenta, la introducción del concepto de género permitió analizar críticamente las relaciones entre los sexos, los roles asignados y los sistemas de poder que los sostenían. Como señaló Joan Wallach Scott, el género ofrecía una herramienta para investigar cómo se organizaba socialmente la diferencia sexual y cómo esta variaba según el contexto histórico. Su utilidad no residía en borrar la diferencia sexual, sino en historizarla y desnaturalizarla.

El problema aparece cuando el concepto de género deja de ser una pregunta abierta y se convierte en una respuesta cerrada. Cuando se transforma en consigna institucional, pierde su potencia crítica. Tal como han advertido historiadoras como Mary Nash, el riesgo de ciertos discursos actuales es paradójico: en nombre de la deconstrucción, se diluye a las mujeres como sujeto histórico y político.

Como ya planteó Denise Riley, «las mujeres» son una categoría inestable situada históricamente. Pero precisamente por eso su desaparición discursiva no es un progreso. El feminismo no se ha construido sobre lemas cómodos, sino sobre debates difíciles y tensiones teóricas productivas.

El problema no es la relectura simbólica ni la pluralidad de interpretaciones. El problema es su conversión en dogma institucional. Cuando la resignificación deja de invitar a pensar y se presenta como obligatoria, el pensamiento crítico se sustituye por catecismo. Y sin pensamiento crítico, no hay avance posible.

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