Opinión | Tribuna
Resistencia
Una cosa es perseguir la justicia y otra muy distinta hacerlo al margen del derecho internacional

Resistencia / EFE / John Reyes
Estos días de invierno huelen a silencios densos, de esos que te obligan a escucharte. Huelen a tierra húmeda tras la lluvia, a pino mojado y a bosque dormido. Son días que invitan a la lectura meditada, a la reflexión más profunda y a repensar en el camino andado. Y en esa reflexión, abrazo mi silencio repleto de palabras que se deslizan en mis pensamientos. Palabras que callan, porque quizá explicarse sea realmente una forma inútil de resistencia.
Explicarse… o escuchar y mantenerse en silencio. Este es el profundo dilema que me acompaña en estos días inciertos saturados de noticias inquietantes que saltan a la actualidad y se desvanecen tan rápido como llegaron. ¿Pero es el silencio una opción legítima? Es cierto que no todo silencio implica cobardía, ni toda palabra conlleva valentía. No se trata, pues, de elegir entre hablar o callar, sino descubrir cuando cada uno de ellos se convierte en un acto de responsabilidad.
Hoy, una parte de mí quiere romper ese silencio cómplice que me perturba. Otra, en cambio, quiere refugiarse en un mutismo fácil y cómodo, libre de toda crítica. Aun así, en esta ocasión, elijo hablar. Hablar (a riesgo de tener que asumir las consecuencias) de uno de los titulares de actualidad que nos deberían inquietar. Nos despertábamos pues, hace unos días, con la noticia de la captura, por parte de Trump, de Nicolás Maduro. Dos personajes polémicos, que como mis lectores adivinarán, no son Santo de mi devoción. Ya son varios, en estos días, los que me habéis pedido opinión al respecto. Y es en esa labor, la de daros respuesta, en la que se centra este artículo. Merece, pues, la pena comenzar prestando una especial atención a los matices y observar con calma los detalles y datos que nos pueden ayudar a averiguar lo que puede o no considerarse correcto, sin caer en el aplauso fácil ni en la condena implacable y directa.
Por ello, es comprensible entender a aquellos que defienden la idea de que la comunidad internacional no puede resignarse a la impunidad permanente de regímenes autoritarios que violan derechos humanos y que hacen del crimen su forma de vida. Maduro llevaba años acusado de graves delitos, sostenido en el poder sin garantías democráticas y con una población sometida a una profunda crisis humanitaria. Desde ese punto de vista, la voluntad de poner fin a una situación enquistada, de forzar el cambio real cuando la diplomacia y las sanciones no han surtido efecto, conecta con una demanda que puede parecer legítima: evitar que una narco-dictadura se perpetúe, sin remedio e indefinidamente, en el poder. También es razonable el argumento pragmático (orientado a mantener el orden y la seguridad global) de evitar que Venezuela, un país estratégicamente clave, con enormes recursos energéticos paralizados o mal gestionados, siga financiando redes criminales o alianzas geopolíticas.
Ahora bien, una cosa es perseguir la justicia (que no está claro que este sea realmente el objetivo de Trump), y otra muy distinta hacerlo al margen del derecho internacional. La captura de un jefe de Estado extranjero (legítimo o no) sin mandato multilateral, el juicio al que están sometiendo a Maduro en un país tercero y el control de los recursos nacionales venezolanos por parte de EEUU (una potencia externa) rompen principios básicos de soberanía y legalidad. Y aunque los objetivos puedan parecer justos, más aún para los venezolanos oprimidos por el régimen, sientan un precedente peligrosísimo: el de normalizar que el más fuerte imponga arbitrariamente su justicia o poder cuando le conviene. En este sentido, no puede ignorarse tampoco la sombra del neocolonialismo que pretende hacerse con el petróleo venezolano, lo que debilita la legitimidad moral de la operación llevada a cabo por EEUU.
Todo ello conduce a una reflexión incómoda, y al mismo tiempo esencial. Puede que el fin sea deseable, incluso necesario, pero los medios para alcanzarlo también deben serlo. Porque la justicia sin legalidad se convierte en arbitrariedad, y la fuerza sin límites erosiona el orden que dice defender. Y aunque nuestras palabras, puedan parecer una forma inútil de resistencia, son al menos, la forma más honesta de defender nuestra verdad.
«El silencio nunca ha cambiado el mundo» (Audre Lorde).
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