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Opinión | Tribuna

Respuesta de un bellasombra a Ramón Aguiló

Tala de los bellasombras de la plaza Llorenç Villalonga.

Tala de los bellasombras de la plaza Llorenç Villalonga. / Manu Mielniezuk

A falta de lenguaje humano, me he sentido en la obligación de hablar en nombre de un bellasombra, dirigiéndome a quien ha escrito que se apenó por su tala irreversible, llamándola incluso «asesinato», no sin algo de ambigüedad.

En el artículo que firma el señor Ramón Aguiló no parecen ligarse esos sentimientos de apenamiento que destacan en la introducción, con el arrebato sin fundamento en contra de todos aquellos que defendemos la necesidad de una reflexión profunda sobre la tala realizada urgentemente por el Ayuntamiento de Palma, alegando una exigencia de seguridad - como Aguiló recuerda -, tras la caída de una rama hace un año y medio, en el que todos hemos paseado - incluidos familias y niños - por debajo de sus sombras.

Definirnos como ciudadanos políticamente partidistas en procesión «auto-sacramental» y con «rasgado de vestiduras» es consecuencia de un hondo desconocimiento de la realidad del proceso y los hechos. Pero, claro, yo no he visto a este señor en las asambleas ciudadanas, ni en la escenografía de la Mesa Palma Verde, como tampoco lo he encontrado formando parte de los grupos de cientos de ciudadanos de diversas filiaciones políticas -o incluso sin ellas, porque los bellasombras y el significado de su tala va más allá de estas-, ciudadanos que apenas han tenido «navidades» intentando comprender, elucidar, avalar racional y técnico-científicamente una decisión inconmensurablemente incomprensible.

Determinándonos como secuaces de Sánchez, de izquierda extrema comunista y, probablemente confundiendo fantasmas propios con las intenciones de las demás personas, hace usted un flaco favor a la diversidad ciudadana que, de forma democrática, intenta entender lo sucedido y descubrir la veracidad ante lo ilógico. Nadie acusa a nadie desde la política -entendiendo esta como la lucha partidista habitual que siempre nos entretiene -, sino desde «lo político» real, como la posibilidad de lo diverso, el diálogo y el debate que enriquece y fundamenta positivamente cualquier decisión institucional, sobre todo, aquellas que tienen que ver con la vida y su encarecimiento. Usted, que entre acoso y ataque apoya los argumentos de su artículo en lo filosófico, debería saber de esa diferencia.

Posible dolencia, no puede implicar solamente tala inapelable, sino gestión mesurada y avalada por todos los actores sociales claves y directamente relacionados. La falta de trasparencia apabullante de todo el proceso, la urgencia inexplicable tras un año y medio de sosiego, el uso del estandarte de la seguridad como legitimante de cualquier acción, la obstrucción a toda posibilidad de consensuar y compartir el conocimiento que requería esta decisión, manifiestan, no solo una falta de respeto por la vida, el ciudadano y el patrimonio natural emblemático de «Ciutat», sino además, una indiferencia grave por los mecanismos democráticos participativos que tanto ha costado erigir.

Con todos mis respetos, le ruego, por favor, que no me hable de Kant o de Hegel - se lo pide una especialista en filosofía -, así como tampoco del Romanticismo - se lo pide alguien que lleva más de veinte años impartiendo Historia del arte en el ámbito universitario -.

Hábleme de la vida que ofrecían los 17 bellasombras a los viandantes, del microclima asentado que prestaban en los extremos calores, hábleme de acompañamiento durante más de ochenta años, de las heridas abiertas en la plaza en forma de enormes tocones que apenas tres personas pueden rodear, y que hoy retiran urgentemente porque una imagen habla más que mil palabras.

Y si la época que vivimos ha hecho que pierda la capacidad de sentir y hablar sobre ellos, porque no puede dejar las teorías en un aparte para mirar el mundo, entonces le aconsejo que mejor revise a Nietzsche o a su hijo filosófico Foucault, mucho más acordes con la verdadera realidad que encierra la tala de los 17 bellasombras, puesto que, si algo estimuló la filosofía del primero, fue el favorecimiento de la vida y la defensa de una historia crítica y veraz, mientras que el segundo nos advirtió del funcionamiento de las democracias insalubres, como la que se ha dejado ver en la acción del barrio de Calatrava. Esa democracia insana que subliminalmente impone sus preferencias, no a través de la imposición o prohibición directa - pues ya sabe usted que no sería políticamente correcto -, sino a través de dificultar, restringir o conducir conductas, dinamitando con ello las bases de una ciudadanía participativa real y las decisiones institucionales avaladas racional y, en este caso, científico-técnicamente. Por último, le ruego -a usted y a todos aquellos que crean en la posibilidad de mejorar nuestro entorno- que se pronuncien cuando conozcan y sientan los entresijos de un hecho crucial. Un hecho que, descartando todo diálogo o apertura a otra posibilidad, cometió una acción desgraciadamente irreversible.

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